ACV en Argentina: se registran hasta 130.000 casos por año y advierten sobre la importancia de reconocer los síntomas
En Argentina se estima que cada año ocurren entre 120.000 y 130.000 accidentes cerebrovasculares (ACV), una de las principales causas de muerte y discapacidad. Además, las enfermedades cerebrovasculares provocan alrededor de 40.000 fallecimientos anuales en el país, lo que refleja la magnitud de este problema sanitario y la necesidad de fortalecer su prevención y detección temprana.
Por Dr. Daniel Cassola
En el marco del Día Mundial del ACV, que se conmemora cada 29 de octubre, adquiere especial relevancia el reconocimiento de los síntomas y el control de los factores de riesgo. Según la Organización Mundial del ACV, una de cada cuatro personas mayores de 25 años sufrirá un episodio de este tipo a lo largo de su vida. Aunque su frecuencia aumenta con la edad, también puede afectar a adultos jóvenes.
El accidente cerebrovascular se produce cuando se interrumpe la circulación sanguínea hacia una región del cerebro o cuando se rompe un vaso sanguíneo. Ambas situaciones pueden provocar lesiones en las células cerebrales y comprometer funciones como el movimiento, el habla, la memoria y la coordinación.
Cómo reconocer los síntomas y actuar ante una emergencia
Existen dos tipos principales de accidentes cerebrovasculares. El isquémico ocurre cuando una obstrucción impide que la sangre llegue a determinada zona cerebral, mientras que el hemorrágico se produce por la ruptura de un vaso sanguíneo. Este último puede relacionarse con hipertensión arterial no controlada, aneurismas o malformaciones vasculares, algunas de las cuales pueden permanecer sin síntomas hasta que se produce una complicación.
Las manifestaciones de un ACV suelen aparecer repentinamente e incluyen pérdida de fuerza en un brazo o una pierna, dificultades para hablar, desviación de la boca, problemas de equilibrio y alteraciones de la visión. También puede presentarse un dolor de cabeza súbito y extremadamente intenso, especialmente ante determinadas hemorragias cerebrales, acompañado en ocasiones de vómitos, confusión, rigidez de nuca o pérdida del conocimiento.
Para facilitar el reconocimiento de estas señales se utiliza la regla HaBraSo, que permite identificar alteraciones en el habla, los brazos y la sonrisa. La dificultad para repetir una frase, la imposibilidad de mantener ambos brazos elevados o la asimetría facial pueden indicar que una persona está sufriendo un ACV. Ante cualquiera de estas manifestaciones, es fundamental solicitar asistencia médica inmediata y registrar el momento en que comenzaron los síntomas.
La rapidez de la atención resulta determinante porque el daño cerebral puede avanzar mientras persiste la interrupción del flujo sanguíneo. En determinados ACV isquémicos, se estima que cada minuto sin tratamiento puede implicar la pérdida de aproximadamente 1,9 millones de neuronas. Por este motivo, la atención hospitalaria requiere estudios de diagnóstico por imágenes para identificar el tipo de episodio y establecer el tratamiento correspondiente.
Según las características del cuadro, pueden utilizarse medicamentos para disolver coágulos, procedimientos para extraerlos o intervenciones destinadas a controlar una hemorragia. Incluso cuando los síntomas desaparecen espontáneamente, es necesario realizar una evaluación urgente, ya que podría tratarse de un ataque isquémico transitorio, considerado una señal de advertencia de posibles episodios posteriores.
Factores de riesgo y medidas para prevenir un ACV
Una proporción importante de los accidentes cerebrovasculares está relacionada con factores de riesgo modificables. La hipertensión arterial representa uno de los principales, especialmente cuando permanece sin diagnóstico o no recibe tratamiento adecuado. También aumentan el riesgo determinadas arritmias cardíacas, la diabetes, las alteraciones del colesterol, el tabaquismo, la obesidad y la falta de actividad física.
El consumo de sustancias estimulantes, como cocaína y anfetaminas, constituye otro factor relevante, particularmente por su capacidad de provocar alteraciones vasculares que pueden desencadenar episodios isquémicos o hemorrágicos. Estas complicaciones también pueden presentarse en personas jóvenes, incluso cuando no existen antecedentes de enfermedades cardiovasculares.
Entre las medidas preventivas se encuentran mantener una alimentación equilibrada, reducir el consumo de sal, evitar el tabaco, limitar las bebidas alcohólicas y realizar actividad física regularmente. También resulta importante controlar periódicamente la presión arterial, la glucemia y el colesterol, además de cumplir los tratamientos indicados para enfermedades crónicas.
La recuperación posterior a un ACV depende de diferentes factores, entre ellos la extensión de la lesión, la rapidez de la atención y el acceso a rehabilitación. Los tratamientos especializados pueden contribuir a recuperar capacidades motoras, cognitivas y comunicativas, así como mejorar la autonomía de las personas afectadas.
