Alimentación infantil en Argentina: detectan exceso de proteínas y déficit de nutrientes esenciales en los primeros tres años
Una investigación realizada en Argentina identificó desequilibrios nutricionales en la alimentación de niños menores de tres años, caracterizados por un consumo elevado de proteínas y calorías que convive con una ingesta insuficiente de vitaminas y minerales esenciales.
Por Dr. Daniel Cassola
Los resultados muestran que recibir cantidades abundantes de alimentos no necesariamente garantiza una nutrición adecuada durante una etapa fundamental para el crecimiento y el desarrollo. El estudio, desarrollado por la Universidad ISALUD, incluyó a 496 niñas y niños de hasta 36 meses residentes en el Área Metropolitana de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza y Rosario. Durante cuatro días se registró su consumo de alimentos y bebidas para analizar el aporte energético, la presencia de nutrientes esenciales y la diversidad alimentaria.
Entre los principales hallazgos, más de la mitad de los participantes superaba las recomendaciones de proteínas. En el grupo de 13 a 36 meses, las cantidades consumidas llegaban a triplicar o quintuplicar los requerimientos establecidos según el peso corporal, especialmente entre quienes recibían leche de vaca.
Exceso de proteínas y consumo insuficiente de vitaminas y minerales
El análisis mostró que entre el 26% y el 35% de los niños obtenía más del 15% de sus calorías diarias a partir de proteínas. Además, el consumo energético promedio superaba las recomendaciones tanto entre quienes recibían fórmulas infantiles como entre quienes consumían leche de vaca, aunque el exceso era mayor en este último grupo.
Esta situación coexistía con deficiencias en la calidad nutricional de la alimentación. La vitamina D fue el micronutriente con mayor proporción de ingestas inadecuadas, seguida por el hierro y el calcio. Para buena parte de los nutrientes evaluados, entre el 10% y el 35% de los participantes no alcanzaba las cantidades recomendadas.
Las diferencias también estuvieron relacionadas con las condiciones socioeconómicas. Los niños pertenecientes a los sectores de menores recursos presentaron ingestas medias inferiores de micronutrientes, especialmente hierro y vitamina D. Asimismo, se observaron menores aportes de estos nutrientes en Rosario y el Área Metropolitana de Buenos Aires respecto de las otras localidades estudiadas.
Al comparar los distintos tipos de alimentación láctea, los investigadores encontraron que quienes recibían fórmulas infantiles presentaban mayores ingestas de hierro, vitamina D y zinc que aquellos que consumían leche de vaca. Sin embargo, el aporte promedio de vitamina D permanecía por debajo de las recomendaciones en ambos grupos.
Los resultados evidencian que la cantidad de calorías consumidas y el crecimiento físico no permiten evaluar por sí solos la calidad de la alimentación. También resulta necesario considerar la presencia de nutrientes que participan en el desarrollo óseo, la formación de tejidos y el funcionamiento del organismo.
La limitada diversidad alimentaria durante la primera infancia
Otro de los hallazgos fue la escasa variedad de alimentos incorporados a la dieta. Entre los niños de 7 a 12 meses, menos de la mitad consumía al menos cinco de los ocho grupos alimentarios considerados para evaluar la diversidad. Después del primer año, esa proporción mejoraba, aunque permanecía entre el 51% y el 58%.
Los lácteos fueron los alimentos más frecuentes, seguidos por cereales y carnes. En cambio, las frutas, las verduras y los huevos aparecieron con menor regularidad, mientras que las legumbres y los frutos secos registraron una presencia muy reducida.
La investigación también observó una mayor diversidad alimentaria entre quienes mantenían la lactancia materna. Los niños alimentados con fórmulas infantiles ocuparon una posición intermedia, mientras que aquellos que consumían leche de vaca presentaron los niveles más bajos de variedad.
En relación con la lactancia, el 72% de los bebés de hasta seis meses recibía leche materna, proporción que descendía al 18% entre los 25 y 36 meses. La edad promedio de abandono fue de siete meses, con motivos vinculados principalmente al regreso a las actividades laborales o académicas y a la percepción de una producción insuficiente de leche.
Los investigadores destacaron la importancia de evaluar la alimentación infantil de manera integral durante los controles de salud. Los primeros años constituyen una etapa decisiva para incorporar distintos grupos de alimentos y establecer hábitos que pueden mantenerse posteriormente.
