Cáncer colorrectal: los cinco hábitos que aumentan el riesgo y por qué crecen los casos en menores de 50 años
El cáncer colorrectal representa uno de los principales desafíos oncológicos a nivel mundial. Es el tercer tipo de cáncer más diagnosticado y la segunda causa de muerte por enfermedades oncológicas, con más de dos millones de nuevos casos y 918.000 fallecimientos registrados en 2024, según estimaciones citadas de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Por Dr. Daniel Cassola
Uno de los fenómenos que más preocupa es el cambio en el perfil de los pacientes. Las tasas de cáncer colorrectal están aumentando entre los menores de 50 años en al menos 27 países. Si bien existen factores que no pueden modificarse, como los antecedentes familiares, los especialistas advierten que determinados hábitos cotidianos pueden contribuir a incrementar el riesgo.
A esto se suma una característica que dificulta la detección: la enfermedad frecuentemente no presenta síntomas durante sus primeras etapas. Por ese motivo, los controles preventivos adquieren especial importancia, ya que permiten identificar lesiones antes de que evolucionen o diagnosticar tumores en estadios tempranos.
Sedentarismo, un factor que puede modificarse
La falta sostenida de actividad física aparece entre los hábitos asociados con un mayor riesgo. No se trata de permanecer sentado durante una jornada aislada, sino de mantener una rutina caracterizada por largos períodos de inactividad.
El sedentarismo puede favorecer la resistencia a la insulina, la inflamación crónica de bajo grado y el exceso de grasa corporal, condiciones que generan un entorno desfavorable para la salud del colon.
Como referencia general para los adultos, la OMS recomienda entre 150 y 300 minutos semanales de actividad física moderada o entre 75 y 150 minutos de ejercicio intenso. También puede ser beneficioso interrumpir los períodos prolongados de inactividad con caminatas breves, estiramientos o momentos de pie.
Una alimentación pobre en fibra
La dieta es otro aspecto relevante. Cuando la alimentación contiene poca fibra, los residuos permanecen durante más tiempo en el colon, prolongando el contacto de sustancias potencialmente perjudiciales con las células que recubren el intestino.
Además, una ingesta insuficiente de fibra disminuye la producción de ácidos grasos de cadena corta, como el butirato, que contribuyen a nutrir las células del colon y regular los procesos inflamatorios. Estudios citados en el informe relacionan un mayor consumo de fibra soluble e insoluble con un menor riesgo de cáncer colorrectal.
Incorporar progresivamente legumbres, frutas, semillas y granos enteros constituye una manera sencilla de aumentar su presencia en la alimentación cotidiana.
Alcohol y daño celular
El consumo de alcohol también está relacionado con el desarrollo de cáncer colorrectal. Durante su metabolismo se produce acetaldehído, un compuesto carcinógeno capaz de dañar el ADN. A su vez, el consumo regular puede interferir con el folato, una vitamina involucrada en procesos fundamentales como la reparación del ADN y la división celular.
La OMS y la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer clasifican al alcohol como carcinógeno del grupo 1 y reconocen una relación causal entre su consumo y diferentes tumores, incluido el cáncer colorrectal. Reducir su ingesta constituye, por lo tanto, una de las medidas preventivas sobre las que es posible intervenir.
El impacto del tabaquismo
Aunque habitualmente se lo relaciona principalmente con el cáncer de pulmón, el tabaco también afecta otros órganos. Los carcinógenos presentes en el humo pueden alcanzar el sistema digestivo y provocar daños en el ADN de las células del colon, además de favorecer la aparición de pólipos precancerosos.
La evidencia epidemiológica también encontró una asociación entre fumar y mayores probabilidades de desarrollar cáncer colorrectal. Para quienes tienen dificultades para abandonar el hábito, el acompañamiento profesional y los tratamientos específicos pueden mejorar las posibilidades de dejarlo.
Postergar los controles también aumenta el riesgo
El quinto punto no está relacionado con una sustancia o un hábito alimentario, sino con retrasar los estudios preventivos. Durante una colonoscopía es posible encontrar y extirpar pólipos antes de que se conviertan en cáncer. Cuando los controles se postergan, las lesiones precancerosas pueden continuar desarrollándose sin ser detectadas.
La American Cancer Society recomienda que los adultos con riesgo promedio comiencen los controles regulares a los 45 años y los continúen hasta los 75 si mantienen un buen estado de salud. Además de la colonoscopía, existen pruebas basadas en muestras de materia fecal y otras alternativas para determinados pacientes.
La estrategia de detección debe definirse de manera individual con un profesional, especialmente cuando existen antecedentes familiares, pólipos previos o síntomas como sangrado rectal, cambios persistentes en el ritmo intestinal, dolor abdominal prolongado o pérdida de peso sin explicación.
Frente al aumento de casos en personas más jóvenes y la posibilidad de que la enfermedad avance inicialmente sin manifestaciones evidentes, reducir los factores de riesgo modificables y cumplir con los controles recomendados constituyen dos herramientas centrales para favorecer la prevención y el diagnóstico temprano.
