Por Redacción Curar con Opinión
El linfoma es un tipo de cáncer que se origina en el sistema linfático, una red de vasos y ganglios que forma parte esencial del sistema inmunológico. Este conjunto de órganos distribuidos en zonas como el cuello, las axilas, las ingles, el tórax y el abdomen cumple un rol clave en la defensa del organismo. Cuando aparecen alteraciones en la producción de linfocitos, un tipo de glóbulo blanco, se genera un crecimiento celular descontrolado que da lugar a la enfermedad.
Se distinguen dos grandes categorías: el linfoma de Hodgkin, que representa la forma más frecuente en personas jóvenes, y el linfoma no Hodgkin, que incluye alrededor de 60 subtipos y constituye uno de los cánceres de mayor crecimiento en número de casos en el mundo, después del melanoma y el cáncer de pulmón. Se estima que la incidencia global aumenta un 3% cada año y que, en conjunto, más de un millón de personas viven con esta enfermedad, provocando unas 200 mil muertes anuales. En Argentina, se calcula que afecta a unas 20 de cada 100.000 personas, lo que equivale aproximadamente a uno de cada 5.000 habitantes.
Las causas exactas todavía no se conocen, aunque ciertos factores elevan el riesgo, como las deficiencias inmunológicas congénitas, la infección por HIV, los tratamientos inmunosupresores o el antecedente de trasplante de órganos. Los síntomas son variados y muchas veces inespecíficos: agrandamiento indoloro de ganglios, fiebre persistente sin causa aparente, pérdida de peso, sudoraciones nocturnas, fatiga, falta de apetito, picazón generalizada o infecciones recurrentes. No obstante, la inflamación ganglionar en la mayoría de los casos responde a procesos infecciosos y no a un tumor, por lo que el diagnóstico debe ser confirmado con estudios específicos, como análisis de laboratorio, imágenes y, en ocasiones, biopsia.
El tiempo es un factor determinante. Cerca del 75% de los pacientes desconocían los síntomas al momento del diagnóstico y más de la mitad tardó seis meses en consultar a un médico. Esa demora impacta en las posibilidades de sobrevida: quienes reciben un diagnóstico temprano alcanzan una tasa de supervivencia a cinco años cercana al 70%, mientras que en los casos detectados en etapas avanzadas la cifra desciende al 58%.









