Más de 1,2 millones de argentinos tienen diabetes y no lo saben: alertan por el diagnóstico tardío y sus graves consecuencias

En la antesala del Día Mundial de la Diabetes, la magnitud silenciosa de esta enfermedad en Argentina vuelve a quedar al desnudo. Se estima que más de 1 de cada 10 adultos vive con diabetes, lo que equivale a unos 4,3 millones de personas. Sin embargo, casi un tercio de ellas –más de 1,2 millones de argentinos– todavía no recibió un diagnóstico y convive con la enfermedad sin saberlo.

Por Dr. Daniel Cassola

Detrás de esas cifras hay años de evolución silenciosa: la mayoría de los pacientes llega al consultorio hasta siete años después del inicio de la enfermedad y, para entonces, cerca de uno de cada cuatro ya presenta algún tipo de complicación vascular.

El panorama regional tampoco es alentador. La Organización Panamericana de la Salud calcula que alrededor de 112 millones de adultos viven con diabetes en América del Sur y que la prevalencia prácticamente se triplicó desde 1990. El aumento del sobrepeso y la obesidad, la mala alimentación y el sedentarismo son el combustible perfecto para que esta epidemia metabólica siga avanzando.

En Latinoamérica, se observa que los factores de riesgo para diabetes tipo 2 ya están presentes desde edades tempranas: entre el 16% y el 19% de los niños tienen obesidad y, en Argentina, esa proporción se dispara a cerca del 40%. A esto se suma que ocho de cada diez adolescentes no realizan la actividad física mínima recomendada, lo que configura un escenario preocupante para las próximas décadas.

La diabetes es una enfermedad crónica caracterizada por niveles elevados de glucosa en sangre. Cuando esa hiperglucemia no se controla, el daño se acumula lentamente en distintos órganos. Aumenta el riesgo de ceguera por compromiso de la retina, deteriora la función renal hasta llegar a la insuficiencia crónica, incrementa las probabilidades de infarto, accidente cerebrovascular y lesiones en miembros inferiores que, si no se tratan a tiempo, pueden terminar en amputaciones. Además, se calcula que es la tercera causa de pérdida de años de vida por muerte prematura y que se asocia a millones de años de vida truncados en todo el mundo.

Pese a este impacto, los especialistas insisten en que la diabetes no es sinónimo de destino inevitable. Cuando se diagnostica a tiempo y se logra un buen control de la glucemia y de los factores de riesgo asociados, como la obesidad, la dislipidemia y la hipertensión arterial, es posible prevenir o retrasar buena parte de sus complicaciones. Ese control se apoya en cuatro pilares: una alimentación equilibrada adaptada a cada persona, la práctica regular de actividad física, el cumplimiento del tratamiento farmacológico indicado y los controles médicos periódicos. La adherencia al tratamiento es un punto crítico: abandonar la medicación, “descansar” de las pastillas o suspender la insulina por decisión propia puede revertir en poco tiempo los logros de meses o años.

El impacto de la diabetes no se mide únicamente en calidad y cantidad de vida, sino también en términos económicos. Un estudio reciente realizado en Argentina estimó el costo directo de tratar la enfermedad en 2021 y lo ubicó, en promedio, entre 1.774 y 1.808 dólares por persona al año, considerando consultas, análisis, estudios por imágenes, medicamentos, hospitalizaciones, rehabilitación e intervenciones relacionadas. Sin embargo, el mismo trabajo mostró que tratar las complicaciones resulta muchísimo más caro. El manejo de un infarto en una persona con diabetes puede costar entre casi siete y más de nueve veces lo que implica tratar adecuadamente la enfermedad antes de que se complique. En el caso de un accidente cerebrovascular, los gastos pueden duplicar, triplicar o incluso multiplicar varias decenas de veces el costo anual del tratamiento de base. La atención de una insuficiencia cardíaca descompensada también implica montos entre siete y casi diez veces superiores, y las enfermedades renales elevan el gasto más del doble; cuando evolucionan hacia la insuficiencia renal crónica avanzada y la necesidad de diálisis o trasplante, los costos se multiplican hasta casi por nueve.

A estos gastos directos se suman los costos indirectos, muchas veces invisibles: días de trabajo perdidos, disminución de la productividad, incapacidades permanentes, muerte prematura, carga física y emocional para los cuidadores e impacto social y económico en las familias. Todo esto refuerza la idea de que invertir en prevención, diagnóstico precoz y tratamiento adecuado no solo mejora la salud de las personas, sino que también es una estrategia clave para la sostenibilidad de los sistemas sanitarios.

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