Alzheimer: estiman que los casos podrían casi triplicarse en el mundo para 2050

El envejecimiento de la población plantea un desafío creciente frente a la enfermedad de Alzheimer y otros trastornos neurocognitivos. Las estimaciones internacionales indican que las 57 millones de personas que vivían con demencia en 2019 podrían aumentar hasta 153 millones para 2050, un escenario que vuelve cada vez más relevantes la prevención, el diagnóstico oportuno y el acompañamiento de los pacientes.

Por Dr. Daniel Cassola

Aunque no todos los casos pueden evitarse, las investigaciones de los últimos años muestran que existe margen para reducir el riesgo. Los informes de las Comisiones de The Lancet identificaron 14 factores modificables que, en conjunto, podrían estar relacionados con cerca de la mitad de los casos de demencia.

Entre ellos aparecen la menor educación, pérdida auditiva, hipertensión, tabaquismo, obesidad, depresión, inactividad física, diabetes, consumo excesivo de alcohol, traumatismos cerebrales, contaminación atmosférica y aislamiento social. A estos factores se incorporaron evidencias sobre la pérdida de visión no tratada y los niveles elevados de colesterol LDL.

El dato adquiere especial importancia porque muchas de estas condiciones pueden abordarse a lo largo de diferentes etapas de la vida, incluso entre personas que presentan una mayor predisposición genética.

Los hábitos cotidianos pueden contribuir a reducir el riesgo

La prevención no depende de una única medida. Mantener actividad física regular, evitar el tabaquismo y el consumo excesivo de alcohol, controlar la presión arterial, tratar el colesterol elevado y conservar un peso saludable forman parte de las estrategias vinculadas con una mejor salud cerebral.

También adquieren relevancia factores que no siempre se relacionan inmediatamente con la demencia. Detectar y tratar problemas de audición y visión, por ejemplo, puede contribuir a disminuir riesgos. La educación y la participación en actividades cognitivamente estimulantes durante la adultez y la vejez también forman parte de las recomendaciones.

La salud mental constituye otro componente importante. El tratamiento adecuado de la depresión, junto con la reducción del aislamiento social y el mantenimiento de vínculos y actividades comunitarias, puede favorecer el bienestar general y cerebral.

A esto se suma la prevención de lesiones cerebrales mediante medidas de protección en actividades deportivas y la reducción de la exposición a la contaminación del aire.

Estas estrategias no garantizan que una persona no desarrolle Alzheimer, pero permiten actuar sobre factores asociados con la aparición de demencia. Por eso, el enfoque preventivo adquiere mayor importancia frente al crecimiento esperado de la población adulta mayor.

Nuevos tratamientos y avances para mejorar el diagnóstico

Además de la prevención, el diagnóstico oportuno permite organizar el tratamiento y planificar las necesidades futuras de la persona y su entorno. Actualmente existen medicamentos destinados principalmente a aliviar síntomas, como los inhibidores de la colinesterasa y la memantina, que pueden atenuar de manera moderada el deterioro cognitivo en determinados pacientes.

En los últimos años también aparecieron terapias dirigidas contra la proteína beta-amiloide, entre ellas lecanemab y donanemab. Estos tratamientos mostraron una eficacia modesta para reducir la progresión del deterioro cognitivo en etapas tempranas de la enfermedad. Sin embargo, requieren una cuidadosa selección y monitorización de los pacientes, pueden provocar efectos adversos y presentan costos elevados.

Otro avance se produjo en el desarrollo de biomarcadores, particularmente aquellos que pueden estudiarse mediante fluidos biológicos. Estas herramientas permiten aportar evidencia para confirmar o descartar Alzheimer en determinados pacientes, especialmente cuando la presentación o evolución resulta atípica. No obstante, no deben utilizarse de manera aislada para establecer el diagnóstico ni como prueba general en personas sin síntomas.

El abordaje tampoco se limita a los medicamentos. Las intervenciones no farmacológicas y psicosociales pueden ayudar a manejar síntomas psiquiátricos, promover actividades placenteras y mejorar la calidad de vida. El acompañamiento interdisciplinario también puede reducir la sobrecarga emocional y el estrés de familiares y cuidadores.

Frente a una enfermedad cuya presencia aumentará con el envejecimiento poblacional, los avances científicos refuerzan un enfoque integral: actuar sobre los factores de riesgo durante toda la vida, reconocer tempranamente los cambios cognitivos y garantizar un diagnóstico, tratamiento y acompañamiento adecuados.

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