Fuente: Diario Uno (Mendoza)
Hay un 11 por ciento más de estas prácticas médicas prescindibles en el sistrema estatal. En el sector privado, en tanto, un 60% de los nacimientos se producen de este modo. Miedo al parto, maternidad tardía y fallas en la formación de los médicos son algunas de las causas.
La violencia obstétrica está caracterizada en la Ley 26485 como toda “aquella que ejerce el personal de salud sobre los cuerpos y los procesos reproductivos de las mujeres, expresada en trato deshumanizado, un abuso de medicalización y patologización de procesos naturales”.
Por eso, las cesáreas sin necesidad médica evidente se consideran una forma de violencia obstétrica, aunque por supuesto no es la única forma de violentar la salud reproductiva de una mujer.
Este concepto también es tomado por la Ley Nacional de Parto Respetado 25929/04 y su gemela provincial, la 8130 /09, que aún no está reglamentada.
Sin embargo, la letra escrita de las normas, las campañas de organizaciones como Unicef, muchas veces acompañadas desde los medios o los cursos para médicos y enfermeras, no alcanzan para volver a lo que parece obvio: usar la capacidad ancestral del cuerpo femenino para parir, tanto en las salas de partos públicas como en las privadas.
En una década, aumentó un 11% la práctica de la cesárea injustificada en las 5 maternidades públicas más importantes de la provincia, siendo más notable dicho crecimiento en aquellas de menor complejidad. Esto significa que se hacen más cesáreas donde atienden a madres de bajo riesgo y que podrían tener un parto normal. En cambio, el hospital Lagomaggiore, donde se atienden los embarazos más complicados, si bien el porcentaje también subió, sólo fue un 5%.
De manera tal que el promedio provincial pasó de un 20,2% a 30,9% entre el 2002 y el 2011, según datos oficiales (ver cuadro).
Para muchos obstetras puede ser muy discutible calificar una cesárea como una práctica innecesaria, porque “todo parto es normal hasta que se complica”, pero existen parámetros para al menos preguntar qué sucede: muchas de estas cirugías están indicadas a primerizas, mujeres que pasaron ya por una cesárea anterior y, quizá lo más llamativo, un alto porcentaje son mamás que tuvieron un parto normal anterior y, por lo tanto, ya habían probado su capacidad pelviana para que el bebé naciera.
Este crecimiento de las cesáreas sorprende en el sector público, porque es desde allí donde surge la mayoría de las iniciativas para que los partos sean respetados, en sus tiempos naturales y con el acompañamiento familiar como un derecho.
Pero no es el único ámbito. En el sector privado, el porcentaje de nacimientos por cesárea se mantuvo alto, con un promedio por encima del 60%, tomando datos de las 5 principales maternidades privadas del Gran Mendoza y sur provincial. Un ejemplo de esto lo ofrece el Hospital Español, donde durante el 2012 se hicieron 1.460 cesáreas y sólo 787 partos naturales. Este comportamiento es similar todos los años, según datos proporcionados por el Servicio de Maternidad de ese hospital.
En el Hospital Italiano la situación es muy parecida.
Pero el gran número de cesáreas no se debe a la diferencia de honorarios médicos entre estas y el parto normal, porque desde hace varios años las obras sociales y prepagas abonan igual monto por ambas formas de tener un bebé. Incluso hay obras sociales como la OSEP que paga más si la paciente tiene un parto normal.
Los posibles motivos
En una amplia consulta que hizo Diario UNO entre distintos obstetras, parteras, organizaciones sociales y estatales, las explicaciones son distintas si se habla de los hospitales públicos y de los privados.
Entre las razones contabilizadas dentro del sector público, surge como una constante el temor de ser sometidos a juicios de mala praxis, porque en general la paciente que llega al hospital para el parto no se hizo los controles en él y si bien debe ir con su historia clínica, el médico de guardia no la conoce y prefiere resguardarse.
En segundo lugar aparece el aumento de primerizas adolescentes con embarazos no deseados, de las cuáles dudan sobre su capacidad de colaborar durante el parto. Y entre este grupo también suele darse frecuentemente mamás con bebés macrosómicos, es decir, con más peso de lo esperado. Por último, el avance de la medicina fetal ha permitido diagnosticar enfermedades del bebé mientras está en el útero y por eso muchas veces se recurre a la cesárea en favor del bebé.
En cambio, en los hospitales privados son las pacientes las que solicitan las cesáreas por temor al parto o porque son madres añosas y profesionales que desean controlar al máximo ese momento.
Relación entre el poder político y la maternidad
Un aspecto poco explorado en el análisis sobre violencia obstétrica es su origen ideológico. El doctor Carlos Cardello, miembro del directorio del Lagomaggiore, hizo una recopilación histórica que presentó en el primer Congreso sobre Violencia Obstétrica, que organizó la comuna de Guaymallén, y en él puso la lupa sobre algunos hechos fundantes del problema.
La maternidad como hecho social empezó a ser importante desde el punto de vista político cuando los dirigentes del país de finales del siglo XIX y principios del XX comprendieron que las mamás no sólo tenían hijos, sino que trasmitían valores, ideologías y creencias. Por lo tanto, dominar este ámbito era preciso para mantener el orden político acorde a las necesidades de los dueños del poder de la época: la oligarquía nacional y católica.
Esta preocupación por copar la asistencia de las mamás se profundizó con la llegada de los inmigrantes, que trajeron consigo no sólo su fuerza de trabajo, sino también costumbres y formas de pensar la política muy distintas.
Durante la presidencia de Bernardino Rivadavia, en 1823, los sacerdotes fueron desplazados del manejo institucional de los hospitales para trasladar esa responsabilidad a la Sociedad de Beneficencia, la cual estaba integrada por los miembros “importantes” de la comunidad: estancieros, abogados, dueños de diarios, médicos, políticos y sus esposas. Incluso muchos de ellos compartían tareas en la Liga Patriótica, encargada de sofocar los movimientos huelguistas de aquellos años. Ese manejo implantó un modelo organizacional de los hospitales dirigido al sector más humilde, es decir, el servicio de salud era un acto de beneficencia del adinerado para con los pobres, pero no para todos por derecho, sino a quienes eran merecedores de tal ayuda según la visión de esa ideología dominante.
Mendoza no pudo escapar a ese modelo, por más que Emilio Coni intentó sacarle a este grupo el manejo de los hospitales, siendo Carlos Pellegrini presidente de la Nación. Aun después de la creación del primer Ministerio de Salud, en 1943, por parte del gobierno de Perón, los hospitales cambiaron de manos pero no de cultura. Y aún hoy, con algunas diferencias, ese modo de intervenir la maternidad de forma asistencial sigue persiguiendo fines políticos. Por eso, luego de todos los avances científicos, del reconocimiento de los derechos de la mujer, de la legislación para eliminar la violencia obstétrica y respetar su libertad reproductiva, lo más difícil todavía no está hecho.
Cardello, en este sentido, expresó que “la violencia es un tema de poder, pero en realidad para los obstetras no es violencia, sino algo que les he dado en el modelo de institución pública actual”.
“Se enojaron cuando dije que no a la ligadura de trompas”
Violentar a una mujer embarazada parece una exageración de las organizaciones feministas. Ojalá fuera sólo una cuestión de percepciones. El que sigue es un hecho muy triste que ocurrió en el hospital Lagomaggiore en noviembre pasado, pero se hizo público a través de la Red Nueva Frontera en el Día Mundial de las Acciones por la Salud de la Mujer. María (nombre ficticio para resguardar su identidad) es una mamá de Guaymallén, VIH positiva, tiene 27 años y desde hace 10 que está bajo tratamiento antirretroviral. Tiene con su marido un niño de 11 años, sano, y decidió tener otro bebé.
“Desde que quedé embarazada me hago tratar en el Lagomaggiore, mi hijo nació el 6 de noviembre y está muy bien, ya le hicieron dos RCP y le dieron negativo. Rompí bolsa a las 3 de la mañana y me fui al hospital, pero me dijeron que volviera a mi casa porque no tenía suficiente dilatación. Me fui y tenía unos dolores tremendos, pero yo no me daba cuenta de nada. A las 16 volví, yo estaba para parto normal, habíamos quedado con el médico que podía tenerlo así, porque yo tenía poca carga viral y muchas defensas. Pero como ya habían pasado más de 6 horas sin dilatar y rompí bolsa, el médico me explicó que era riesgoso, que podía tener un parto seco”, cuenta María mientras su bebé juega en sus brazos.
Deja claro que los médicos siempre supieron su condición, porque estaba todo escrito en la historia clínica y en ese documento estaba explicitado que no deseaba ni cesárea ni ligadura de trompas.
“En los controles, un médico que me vio me quiso convencer de hacerme la ligadura de trompas, yo me enojé mucho con él porque esa es una decisión que yo tengo que tomar, es mi cuerpo. Pero fue en la sala de partos donde comenzó el ataque. Dos médicas vinieron y me empezaron a decir si no tenía miedo de que mi hijo naciera enfermo, si no pensaba en mi hijo, y yo no daba más de dolores y de igual modo me seguían insistiendo para que me ligara las trompas. Cuando les dije que yo no iba a hacerme la ligadura de trompas, se enojaron conmigo y me hicieron firmar un papel como que yo me hacía responsable de lo que le pasara al niño, no a este, sino al que podría tener luego. Pero no terminó ahí, sino que, cuando volví a la sala, las enfermeras no me hacían las curaciones y cuando una doctora exigió que me las hicieran, sólo me cambiaron una vez las gasas en tres días de internación. Me traían la comida en bandejas, platos y tenedores descartables y me nombraban delante de todos como la paciente que tiene VIH”, contó María.









