En Miami, los turistas aprenden a convivir con el riesgo del zika

FUENTE: La Nación

En medio del gentío que visita ese patio de juegos para adultos que es South Beach, Michal Karen David está parada sola, pero no con un mojito a la menta o un celular en la mano, sino con uno de los recientes símbolos de la vida en esta ciudad: el repelente de mosquitos.

Mientras se rocía junto a las mesas de la vereda de un café sobre Lincoln Road, David lamenta su mala suerte. Recién se enteró de la noticia del zika el viernes pasado por la mañana, poco antes de tomarse un avión en Nueva York para pasar un fin de semana en Miami. El virus del zika, que se transmite por la picadura de un mosquito y que puede causar defectos de nacimiento en el feto, había encontrado un pequeño y nuevo hogar en South Beach.

En circunstancias normales, dice David, no habría prestado la menor atención a la noticia. “Pero estaba pensando en quedar embarazada el mes que viene”, cuenta David, de 32 años. “Incluso pensamos en cancelar la reserva, pero nos dijimos que uno tiene que seguir viviendo su vida. Esto también va a llegar a Nueva York. Va a estar en todas partes.”

El viernes, la agitada porción sur de Miami Beach, un lugar muy acostumbrado a la vida diurna y nocturna, al glamour y la decadencia, se convirtió oficialmente en la segunda zona blanco del mosquito Aedes aegypti, transmisor del virus del zika, en Estados Unidos. El hallazgo obligó al Centro para el Control y Prevención de Enfermedades a recomendar que las mujeres embarazadas eviten el área de 2,5 kilómetros cuadrados comprendida entre la calle 8, la calle 28, la playa y la ruta Waterway Intercoastal. Pero las autoridades federales de salud también les aconsejaron posponer cualquier viaje dentro del condado Miami-Dade.

Mientras el gobierno local y funcionarios de turismo enfatizaron que la prioridad debe ser la seguridad de los vecinos, trabajadores y visitantes, es difícil soslayar lo obvio: ¿los turistas se mantendrán alejados de las seductoras playas de la isla, de sus hoteles de moda y de los clubes nocturnos donde todo vale? Y si lo hacen, ¿qué consecuencias tendría para la economía de Miami Beach, superestrella de los condados, con una industria turística que mueve US$ 36.000 millones?

“Hacemos todo lo que está a nuestro alcance para que la gente se sienta segura”, dice el alcalde de Miami Beach, Philip Levine, y enfatiza que “Miami Beach está viviendo un verano récord”.

De un momento para el otro, se ha instalado un nuevo protocolo, que emana de las lecciones aprendidas por el barrio de Wynwood, un pequeño distrito de artes del otro lado de la bahía que fue el primer foco de transmisión activa del virus en Estados Unidos continental. Desde entonces, Wynwood ha visto caer fuertemente sus ventas.

Algunos hoteles de Miami Beach han empezado a distribuir folletos informativos por debajo de las puertas de las habitaciones. Los baristas ofrecen tragos y sprays de repelente. Los ventiladores, que de por sí suelen estar prendidos para mitigar el sofocante calor y la humedad, ahora están a máxima potencia, para ahuyentar al Aedes aegypti.

En la parrilla Meat Market, sobre la concurrida Lincoln Road, aparecieron velas de citronella sobre las mesas de la vereda no bien se supo la noticia del virus. A los empleados les pidieron que usaran spray hasta que llegaran las pulseras repelentes.

“En realidad, nunca hay muchos mosquitos acá”, indica David Tornek, gerente del restaurante, y agrega que anhela que el problema sea pasajero: “Esperemos que la gente sea razonable y no exagere”.

La reacción de los turistas, muchos de ellos europeos y latinoamericanos, oscila entre el pánico y la indiferencia. Sentada sobre césped artificial mientras come pizza y mira jugar a la paleta a su hijo de 6 años, Vania Costa, una ítalo-cubana que está visitando familiares en South Beach, reconoce que de inmediato se puso paranoica: “Compré como 40 tubos de repelente. Rocié todo: el cuarto, la casa, acá mismo. Lo que me preocupa es que no sé mucho del tema. Ayer, cuando me enteré, pensé en irme”.

Pero se quedó. Irse sería demasiado complicado. Y además está enamorada de la onda de South Beach, con su mezcla de estilos y etnias, donde mujeres calzadas de Prada se cruzan con fanáticos de Doc Martens todos tatuados, todo en medio del rumor de las palmeras y los idiomas exóticos. “Como la mujer que vi, de túnica negra y velo de novia blanco. Me encanta este lugar, me encanta la gente de acá.”

Mientras camina frente a los hoteles art decó de Ocean Drive, la franja más populosa de South Beach, Lorenzo Villa, alumno de 24 años de la Universidad de West Virginia que llegó el viernes para pasar una semana de vacaciones, hizo una sola concesión: compró repelente. Más allá de eso, espera despreocuparse el resto de las vacaciones. “Honestamente, no creo que vaya a ser un problema”, señala Villa, nacido en la Argentina y criado en Annapolis, Maryland. “No veo mosquitos. Tal vez sólo sea un problema si hay enjambres. No me hago demasiado drama.”

En Miami Beach hay mosquitos, pero con su fuerte brisa marina y barreras de agua salada, el arrecife de islas es menos hospitalario para esos insectos que otras partes del condado de Miami-Dade. Pero Miami Beach también está densamente poblada, con muchos edificios antiguos llenos de recovecos y grietas. La ciudad también tiene problemas para aplicar la táctica usada en Wynwood para reducir la población del mosquito, donde fumigaron desde el aire. Según los expertos, la zona, por sus playas, el océano y los altos edificios, no permite el fumigado aéreo.

Además, hacer que los turistas cumplan con las reglas para prevenir el zika no será sencillo. La gente, para empezar, llega a Miami para escapar de sus obligaciones y andar con lo indispensable. Acá, no son bienvenidas ni las advertencias ni las mangas largas. El sexo, por su parte, encabeza la lista de prioridades, lo que potencia la preocupación por la transmisión de la enfermedad.

Pero en general, salvo las embarazadas o las mujeres que planean estarlo, los demás visitantes no parecen preocupados y se manifiestan hartos del estado de crisis permanente.

“Siempre pasa algo”, sostiene Yesenia Medina, profesional de la salud de 40 años de Miami, instalada en la vereda del bar Compton Yard, que ya había dispuesto difusores automáticos de insecticida antes de la amenaza del zika. “Ahora es el zika, el mes pasado era otra cosa.”

Y entre risas Medina afirma haber escuchado que hay un plan de rescate en marcha. “Donald Trump está construyendo una red sobre la playa, y son los mosquitos los que tienen que pagarla”, dijo burlándose del plan del candidato presidencial republicano para levantar un muro en la frontera sur con México, que según él deberían solventar los mexicanos.

El sol ya se inclina en el horizonte. Una luna casi llena brilla sobre el océano. Claudia Iraheta, de 21 años, está parada frente a la puerta del restaurante del Penguin Hotel con el menú en la mano. Su trabajo es incitar a los turistas que pasan a que ingresen en el local. Para ella, el zika no es una amenaza cualquiera: Claudia está en su quinto mes de embarazo. “Es una nena”, cuenta llena de felicidad.

Claudia dice que el viernes fue un día especialmente largo y preocupante. Pensó dos veces en no ir a trabajar, ya que su tarea implica estar largas horas en la vereda.

“Estaba muy asustada, me puse paranoica”, confiesa Claudia, que emigró desde El Salvador hace una década. Pero el trabajo es el trabajo, así que se bañó en repelente y se puso pantalones largos, a pesar del calor. Hoy tiene turno con el médico para hacerse el análisis y ver si contrajo el virus, pero cree no haberse contagiado. “Por el amor de Dios, ¡espero que no!”, exclama.

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