La reaparición de casos de hantavirus en distintas regiones del país encendió las alertas sanitarias durante el inicio del verano.
Por Dr. Daniel Cassola
La preocupación no se explica solo por el número de diagnósticos, sino principalmente por un dato que inquieta a los equipos de salud: el marcado aumento de la letalidad, un fenómeno para el que todavía no existen certezas claras.
Durante 2025, once provincias notificaron al menos 86 casos de hantavirosis, una cifra algo superior a la de años previos. Sin embargo, lo que cambió de manera significativa fue la mortalidad asociada a la enfermedad. Mientras que entre 2013 y 2018 la letalidad promedio rondaba el 18,6% y desde 2019 se mantenía por debajo del 17%, el año pasado trepó al 33,6%, con 28 fallecimientos confirmados. Este valor supera incluso los registros de brotes históricos, como el ocurrido en Epuyén entre 2018 y 2019.
En las primeras semanas de 2026, la situación volvió a generar alarma: solo en la provincia de Buenos Aires se registraron cuatro muertes en distintos puntos del territorio, entre ellas la de una niña de 10 años. Frente a este escenario, el Ministerio de Salud de la Nación decidió priorizar el seguimiento de los casos a nivel nacional y reforzar la vigilancia epidemiológica.
Las autoridades sanitarias bonaerenses describieron el aumento de casos como “muy significativo” en comparación con otros veranos. En esa jurisdicción ya se confirmaron 33 infecciones, el doble que en el mismo período de la temporada anterior, con una concentración importante en el área de La Plata y zonas vinculadas al delta del Paraná y la ecorregión pampeana.
En Argentina circulan dos grandes especies del virus hanta —Andes y Laguna Negra— con múltiples variantes regionales. Algunas de ellas, como el genotipo Buenos Aires o Andes Sur, tienen la particularidad de permitir la transmisión interhumana, además del contagio clásico a través de roedores silvestres. En los casos recientes, la tipificación viral aún no está completamente definida, lo que suma incertidumbre sobre si determinadas variantes podrían explicar la mayor gravedad observada.
El hantavirus es una zoonosis transmitida principalmente por la inhalación de partículas contaminadas con orina, saliva o heces de roedores silvestres, como el ratón colilargo. Aunque pueden registrarse casos durante todo el año, el verano concentra la mayor cantidad de infecciones. Las actividades rurales, la cercanía a humedales, la limpieza de espacios cerrados durante largos períodos o el contacto con ambientes silvestres aumentan el riesgo de exposición.
La enfermedad suele comenzar con síntomas inespecíficos: fiebre alta, dolor de cabeza, malestar general, dolores musculares, náuseas, vómitos o diarrea. En las variantes más agresivas, especialmente del virus Andes, puede evolucionar rápidamente hacia un síndrome cardiopulmonar, con dificultad respiratoria aguda, caída de la presión arterial y shock. Esta progresión rápida explica por qué el diagnóstico precoz es clave para mejorar la sobrevida.
Especialistas en infectología advierten que, por el momento, no hay una explicación concluyente sobre el aumento de la letalidad. Entre las hipótesis se evalúan demoras en la consulta médica, mayor exposición ambiental, cambios en la dinámica de los roedores o características particulares de las variantes virales en circulación. Mientras tanto, el consenso es reforzar la sospecha clínica ante cualquier cuadro febril en personas con posible exposición en las últimas semanas.
Las medidas de prevención siguen siendo la principal herramienta para reducir el riesgo. Mantener limpios los ambientes, ventilar y desinfectar con lavandina los espacios cerrados antes de habitarlos, evitar la acumulación de basura, pastizales o leña cerca de las viviendas, sellar posibles accesos de roedores y utilizar protección adecuada al limpiar son acciones fundamentales. También se recomienda extremar cuidados al acampar o visitar zonas rurales y consultar de inmediato al sistema de salud ante la aparición de síntomas compatibles.
En un contexto de incertidumbre, las autoridades y las sociedades científicas coinciden en un mensaje central: la detección temprana y la consulta oportuna pueden marcar la diferencia en una enfermedad que, cuando se agrava, lo hace con rapidez y alta mortalidad.









