La depresión, un factor silencioso que aumenta hasta 50% el riesgo de enfermedades cardiovasculares
La depresión dejó de ser entendida únicamente como un problema emocional para consolidarse como un determinante clave de la salud física, en particular del sistema cardiovascular.
Por Dr. Daniel Cassola
La evidencia científica acumulada en los últimos años muestra que las personas con síntomas depresivos presentan entre un 30% y un 50% más de riesgo de desarrollar infarto de miocardio, accidente cerebrovascular o insuficiencia cardíaca. A este escenario se suma un dato alarmante: alrededor de 8 de cada 10 personas que padecen depresión no reciben diagnóstico ni tratamiento oportuno, lo que implica que transitan largos períodos de sus vidas con un riesgo cardiovascular elevado sin saberlo.
Desde la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC) advierten que estos hallazgos cambiaron de manera profunda la forma de comprender la relación entre mente y corazón. La depresión no siempre se manifiesta como tristeza evidente o llanto. Con frecuencia se presenta de manera silenciosa, a través del cansancio persistente, el insomnio, la irritabilidad, la pérdida de motivación o la sensación cotidiana de estar “funcionando en automático”. En ese contexto, el cuerpo comienza a expresar las consecuencias y el corazón suele ser uno de los primeros órganos en verse afectado.
La evidencia actual es concluyente: la depresión es un fenómeno multidimensional que involucra componentes biológicos, cognitivos, conductuales, físicos y sociales. Su impacto sobre la salud cardiovascular no es indirecto ni marginal. Cuando los síntomas depresivos persisten en el tiempo o se agravan, el riesgo cardiovascular aumenta de forma progresiva, como si el organismo fuera acumulando una carga biológica silenciosa.
Desde el punto de vista fisiológico, el cerebro permanece en un estado de alerta constante. Se activan de manera sostenida las hormonas del estrés, aumenta la inflamación de bajo grado, se altera el equilibrio del sistema nervioso autónomo y los vasos sanguíneos pierden su capacidad de adaptarse. El resultado es un corazón sometido a mayor exigencia, arterias más rígidas y un terreno propicio para la aterosclerosis y los eventos cardiovasculares mayores.
Los consensos científicos más recientes respaldan esta mirada integral. El Consenso de Aspectos Psicosociales en Enfermedad Cardiovascular de la SAC señala que la depresión, junto con el estrés crónico, la ansiedad, la soledad y el aislamiento social, constituye un factor de riesgo cardiovascular relevante, frecuente y potencialmente modificable. Por eso, su detección debería formar parte de la práctica clínica habitual, al mismo nivel que la hipertensión, el colesterol elevado o la diabetes.
En la misma línea, el Consenso Clínico 2025 de la Sociedad Europea de Cardiología introdujo un cambio conceptual clave al afirmar que la relación entre depresión y enfermedad cardiovascular es bidireccional. La depresión aumenta el riesgo de desarrollar enfermedades del corazón y, a su vez, las patologías cardiovasculares favorecen la aparición y cronificación de los síntomas depresivos. Este círculo vicioso impacta directamente en la calidad de vida, la adherencia a los tratamientos, la frecuencia de hospitalizaciones y la supervivencia.
Uno de los aportes más relevantes de este enfoque es la necesidad de equipos de salud integrados, capaces de abordar de manera conjunta la dimensión psicológica y la cardiovascular. No se trata de medicalizar las emociones ni de sumar consultas innecesarias, sino de comprender que una persona con depresión suele dormir peor, moverse menos, alimentarse de forma desordenada y abandonar tratamientos. Todos estos factores, inevitablemente, repercuten en la salud del corazón.
El impacto de la depresión va mucho más allá de las estadísticas médicas. Afecta los vínculos, la productividad, los proyectos personales y el sentido de vida. Además, su prevalencia es mayor en mujeres, en quienes las fluctuaciones hormonales, la sobrecarga mental y la multiplicidad de roles pueden potenciar los síntomas y retrasar la consulta. Reconocer estas señales a tiempo es clave para prevenir consecuencias mayores.
