¿Qué es la anuptafobia?

Fuente: Sin Mordaza

El temor a perder a tu pareja o a que tu soltería se prolongue por siempre puede llevarte a elegir mal tus compañías, incluso a permanecer en una relación que te hace infeliz.

¿Sos capaz de hacer o soportar cualquier cosa con tal de estar en pareja? ¿Para vos la vida no tiene sentido si no es vivida de a dos? ¿No creés que puedas afrontar determinadas situaciones, como el casamiento de una amiga, el almuerzo semanal con tus padres, las vacaciones o los cumpleaños, si no tenés a tu pareja al lado? Si es así, ¡atenti! Porque si bien es cierto que todas queremos compartir la vida con alguien a quien amar, a veces este deseo choca con la realidad.

Sostener una pareja durante muchos años no significa necesariamente que la cosa funciona bien, acorde con lo que para una represente un buen amor. Contar con alguien en quien confiar, que te brinda y a quien brindás apoyo, te enriquece, te acompaña en tu crecimiento o te complementa.

Para entender mejor de qué estamos hablando, veamos distintas situaciones posibles:

1. Un día tu novio te dice que quiere estar solo por un tiempo , que te ama, sí, pero no se muere de ganas de estar con vos, ya no tiene ganas de darle explicaciones a nadie, le pesa estar en una relación. Un planteo así, para cualquiera que lo ve de afuera, parece bastante claro: te está dejando. Te lo dice como puede, trata de ser lo menos hiriente posible porque te quiere, aunque también sabe que la relación no da para más. Pero vos no lo aceptás, estirás todo lo posible el final anunciado, interpretás y reinterpretás los dichos de su pareja -que te dijo que ya no quiere serlo-, analizás y resignificás sus sentimientos según tu conveniencia, le sugerís probar algunos cambios -cambiar la frecuencia de los encuentros, los llamados, vivir en deptos separados o empezar una convivencia- y no parás hasta conseguir que te diga que bueno, que van a empezar de cero e intentar recuperar la relación. Cueste lo que cueste. Recién ahí respirás tranquila, te consolás con explicaciones del tipo «es una crisis», «es lógico después de tantos años», «él no está bien con él mismo y yo caigo en la volteada», «reconozco que últimamente lo tuve abandonado, no lo trataba muy bien y voy a cambiar», «voy a respetar su tiempo» y así.

2. En este caso, aparentemente todo está bien, tu pareja no te dice nada, vos no hablás. Pero en algún momento, tal vez estimulada por un libro, una peli o lo que fuera, te preguntás si son felices -ambos lo hacen- , si todavía tienen cosas en común. Notás que carecen de proyectos futuros, que pasan más tiempo peleando o discutiendo los términos de la relación, controlando los movimientos del otro o todo lo contrario, parecen hermanos, se tratan con indiferencia.Tu pareja se convirtió en parte del decorado. Te cuestionás por qué tienen que funcionar en bloque yendo juntos a todas partes porque si no es así se quedan encerrados en casa. Te das cuenta de que siempre se autoexcluyen de eventos o salidas que a uno le gusta pero que al otro no, sin considerar la opción de disfrutar de espacios individuales. En este caso, ¿serías capaz de plantear un diálogo sincero para saber qué está pasando o no lo hacés por temor a que escarbar demasiado pueda desembocar en una ruptura?

3. Otra situación, más complicada aun: agresiones y violencia. Te bancás que te haga, no una sino mil veces, sus típicos comentarios hirientes disfrazados de chiste – por ejemplo, que está con vos porque en realidad le gustaba tu hermana pero ya estaba casada, o que siempre te vestís un desastre-, que te ponga en ridículo delante de otros contando intimidades, defectos o bloopers que protagonizaste, te planta a último momento poniendo excusas inverosímiles. Mete la mano en tu cartera sin permiso, usa tu tarjeta del banco sin avisarte, te hackea tus mail o te agarra el celu y se pone a mandar mensajes que te provocan malos entendidos con tus amigos. Te prohíbe hacer actividades que te gustan o te fuerza a hacer cosas que no querés. Ni hablar si te levanta la voz o te pega.

El fantasma de la soledad

Los tres casos dscriptos ponen en evidencia un trastorno emocional conocido como adicción al amor o anuptafobia . Se trata de un temor arraigado a la soltería que lleva a que los hombres y mujeres que lo padecen sean incapaces de elegir buenos compañeros, sostener relaciones amorosas constructivas y felices o poner fin a situaciones de maltrato en la pareja. La búsqueda de la pareja, la vida con un compañero y todo lo que tiene que ver con el universo de los dos, ocupa el lugar más importante de sus vidas, desplazando los logros y deseos relacionados con las otras áreas de su desarrollo personal, como el trabajo, el entretenimiento, los amigos, lo espiritual, incluso hasta los hijos. Se obsesionan con la obtención de una pareja o con el riesgo de perderla y, lo que es peor, todo les parece válido con tal de no caer en el bando de los solteros .

Razones para sostener al malo conocido

Según la doctora Graciela Moreschi son muchas las razones por las que las mujeres y también los hombres podemos llegar a prolongar situaciones de pareja que no fluyen o meternos en relaciones con personas que nos hacen sufrir. ¿Querés descubrir si algo de esto te está pasando? Por ejemplo:

– Tu autoestima es baja: creés que tu valor depende de que alguien te elija.
– Seguís insistiendo, tu paciencia es infinita: ponés las fichas a una relación aunque el otro no responda y estés haciendo todo vos.
-No te animás a cortar: jamás te atreverías a ponerle el fin a una relación frustrante por temor a que la gente – tus padres, amigas, el círculo en el que te movés – te digan que fracasaste o te excluyan si sos soltera.
-Creés que el otro debe y puede cambiar. Hacés esfuerzos desmedidos -le buscás terapeutas, oportunidades de trabajo, cursos, libros, lo anotás en yoga, etc.- para ayudarlo aunque él no puede o no quiere.
-Ponés que todo se justifica por el amor. Y puede que sea cierto, el problemas es que es muy fácil confundir el sentimiento de vacío, de pura atracción sexual, incluso de sufrimiento, con amor.
– Te inventás falsas esperanzas. Cualquier detalle, promesa en el aire, un «tal vez» arrancado bajo presión, es tomado como señal para esperar que la relación funcione.
-Sofocás al otro. Vivís anticipándote a lo que creés que es su deseo para sorprenderlo. Así, al evitar que se produzca la falta, el silencio, la distancia, anulás la posibilidad de que el otro te desee y provocás que termine por rechazarte.
– Incapacidad para disfrutar de una relación tranquila. No te das la oportunidad de conocer mejor a ese tipo con perfil bajo que te elige y manifiesta interés en vos. O vivís exigiendo a tu pareja que sea más lo que se te ocurra para elevar su perfil: que adelgace, que gane más plata, que se vista mejor. Como Groucho Marx, que nunca pertenecería a un club que lo aceptara como socio, vos nunca saldrías con alguien que se fijara en vos -alguna falla debe tener-.
– Obsesión por el amor imposible. Idealizás a quien no te elige, a quien está comprometido con otra persona, o a algún compañero ocasional que nunca manifestó interés por establecer una pareja. Te imponés engancharlo a toda costa.

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