Por Dr. Daniel Cassola
En muchísimas ocasiones hemos hablado de la patología social que sufren los jubilados cuando pasan de ser trabajadores activos a pasivos. Es la única enfermedad que se contrae por ley. Se trata de la jubilopatía, cuyo principal síntoma es la pobreza.
La jubilación mínima que perciben más de tres millones de jubilados cierra el año en 5659 pesos mientras que la canasta básica de los adultos mayores que mide la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires trepó hasta los 14062 pesos, registrando una suba del 27,4 por ciento en los últimos 8 meses.
La canasta está compuesta mayormente por alimentos (3619 pesos), alquiler o expensas modestos (2343 pesos) y medicamentos (2301 pesos). Las subas en todos los rubros durante todo el año horadaron considerablemente el ya deteriorado poder adquisitivo de los jubilados.
La situación es aún peor para el millón trescientas mil personas que perciben pensiones no contributivas, el 70 por ciento de la mínima. Estos últimos ni siquiera percibirán el bono de mil pesos que se les otorga a los jubilados para fin de año.
Ante este panorama, el defensor de la tercera edad, Eugenio Semino plantea que a partir de enero la jubilación mínima sea equiparada al salario mínimo, vital y móvil, que hoy está en 8080 pesos, para luego, en una segunda etapa, llegar a cubrir la canasta básica del jubilado. Vale aclarar que la canasta que publica la Defensoría prevé una vida sumamente austera, sin lugar para los lujos y el derroche.
Está claro que la situación de pobreza a la que están sometidos los jubilados no es una novedad. Muchos se acordarán de las batallas de Norma Plá contra Domingo Cavallo en los 90 y quizás la problemática venga de antes. Lo que es cierto es que nadie todavía lo ha solucionado.
La jubilopatía, como aquellas enfermedades que todavía no tienen vacuna, sigue afectando a millones de adultos mayores, que ven a la jubilación como sinónimo de pobreza.










