El frío también puede ser un riesgo silencioso: por qué el invierno exige cuidados especiales en los adultos mayores
Las bajas temperaturas representan mucho más que una incomodidad estacional para los adultos mayores. A partir de los 65 años, el organismo pierde parte de su capacidad para conservar el calor y responder a los cambios bruscos de temperatura, una situación que incrementa el riesgo de complicaciones, especialmente en quienes padecen enfermedades cardiovasculares, respiratorias o metabólicas.
Por Dr. Daniel Cassola
Con la llegada de las olas de frío a distintas regiones del país, los especialistas recuerdan que el invierno puede agravar patologías preexistentes y favorecer la aparición de nuevos problemas de salud si no se adoptan medidas preventivas. El envejecimiento modifica diversos mecanismos fisiológicos, entre ellos la regulación de la temperatura corporal, lo que hace que muchas personas mayores sean menos conscientes de que están expuestas al frío.
Además, la presencia de enfermedades crónicas y el uso de determinados medicamentos pueden dificultar aún más la respuesta del organismo frente a las bajas temperaturas. Como consecuencia, aumentan las posibilidades de sufrir descompensaciones cardiovasculares, infecciones respiratorias y otros cuadros que, en muchos casos, requieren atención médica.
Uno de los efectos más importantes del frío es la contracción de los vasos sanguíneos. Este mecanismo, que busca conservar el calor corporal, obliga al corazón a realizar un mayor esfuerzo para bombear la sangre y puede provocar un aumento de la presión arterial. En personas con antecedentes de hipertensión, insuficiencia cardíaca o enfermedad coronaria, este cambio puede favorecer la aparición de complicaciones.
Al mismo tiempo, las bajas temperaturas facilitan la circulación de virus respiratorios y aumentan el riesgo de infecciones como gripe, bronquitis y neumonía, enfermedades que suelen presentar una evolución más severa en los adultos mayores.
Otro aspecto que preocupa a los profesionales es la deshidratación, un problema que suele asociarse al verano pero que también es frecuente durante el invierno. La sensación de sed disminuye con el frío y muchas personas reducen de manera involuntaria el consumo de líquidos. Esta situación puede agravarse en quienes presentan dificultades para movilizarse, dependen de cuidadores o reciben tratamientos con medicamentos que favorecen la pérdida de agua.
La deshidratación puede generar alteraciones del estado general, favorecer infecciones urinarias, aumentar el riesgo de caídas y contribuir a la aparición de cuadros de confusión, especialmente en personas de edad avanzada.
Precisamente, uno de los mayores desafíos consiste en que las complicaciones relacionadas con el frío no siempre se manifiestan de forma evidente. En lugar de presentar fiebre o escalofríos intensos, muchos adultos mayores pueden experimentar síntomas más inespecíficos que suelen pasar desapercibidos.
La somnolencia excesiva, la desorientación, el cansancio fuera de lo habitual, la debilidad muscular, la pérdida del equilibrio o los cambios repentinos en el comportamiento pueden ser las primeras señales de que existe un problema de salud que requiere evaluación médica.
También es importante prestar atención a la dificultad para respirar, el dolor u opresión en el pecho, la tos persistente, la fiebre y la coloración violácea de labios o dedos, ya que estos signos pueden indicar complicaciones que necesitan atención inmediata.
Para reducir estos riesgos, los especialistas recomiendan mantener una temperatura adecuada dentro del hogar y evitar la exposición prolongada al frío. Utilizar varias capas de ropa liviana suele ofrecer una mejor protección que una única prenda gruesa, ya que ayuda a conservar el calor corporal sin limitar la movilidad.
La hidratación también ocupa un lugar central. Aunque no exista sensación de sed, es aconsejable ofrecer agua, infusiones o caldos a lo largo del día para mantener un adecuado equilibrio de líquidos.
La alimentación constituye otro pilar importante durante el invierno. Consumir comidas variadas y suficientes permite aportar la energía necesaria para conservar la temperatura corporal y sostener el funcionamiento del organismo.
Los especialistas también destacan la importancia de evitar el aislamiento. Permanecer muchos días sin salir del domicilio o reducir completamente la actividad física puede favorecer el deterioro funcional y retrasar la detección de problemas de salud. Siempre que las condiciones climáticas lo permitan y según las posibilidades de cada persona, mantener una rutina de movimiento contribuye a preservar la movilidad y el bienestar general.
