Las enfermedades renales representan uno de los desafíos crecientes para la salud pública en todo el mundo. En Argentina, se estima que alrededor del 10% de la población presenta algún tipo de alteración o complicación en la función de los riñones, muchas veces sin saberlo. La característica silenciosa de estas afecciones hace que, en numerosos casos, el diagnóstico llegue en etapas avanzadas, cuando el daño ya es significativo.
Por Dr. Daniel Cassola
Los riñones cumplen un papel fundamental para el funcionamiento del organismo. Entre sus funciones principales se encuentra filtrar la sangre de manera constante para eliminar toxinas y exceso de líquidos a través de la orina. También contribuyen a mantener el equilibrio de minerales y sales en el cuerpo, producen hormonas que ayudan a regular la presión arterial, participan en la formación de glóbulos rojos y contribuyen al mantenimiento de la salud ósea.
Cuando este sistema comienza a fallar, el impacto no se limita únicamente al aparato urinario. El deterioro de la función renal puede afectar múltiples órganos y sistemas, generando complicaciones que comprometen la salud general.
La enfermedad renal crónica es una de las principales formas de daño renal. Se trata de una afección progresiva que, en muchos casos, avanza lentamente y sin síntomas evidentes durante años. Este carácter silencioso es uno de los mayores desafíos para su detección temprana.
A nivel global, se calcula que una de cada diez personas vive con enfermedad renal crónica, lo que refleja la magnitud del problema sanitario. Entre los factores que aumentan el riesgo de desarrollar esta enfermedad se encuentran la diabetes, la hipertensión arterial, las enfermedades cardiovasculares y los antecedentes familiares de insuficiencia renal.
En sus etapas iniciales, el daño renal suele pasar desapercibido. Sin embargo, cuando la enfermedad progresa pueden aparecer diversos síntomas, como fatiga persistente, hinchazón en piernas o manos, cambios en la frecuencia o el aspecto de la orina, náuseas, picazón en la piel, dificultad para respirar o calambres musculares.
El aumento de estas patologías también se vincula con cambios en los estilos de vida, el envejecimiento de la población y la creciente prevalencia de enfermedades crónicas como la obesidad, la diabetes y la hipertensión.
A pesar de este escenario, los especialistas coinciden en que una gran parte de los casos de enfermedad renal podría prevenirse o retrasar su progresión mediante la adopción de hábitos saludables y el control adecuado de los factores de riesgo.
Entre las medidas más importantes se destacan mantener un peso corporal saludable, realizar actividad física con regularidad, controlar los niveles de presión arterial y de glucosa en sangre, evitar el consumo de tabaco y reducir la automedicación, especialmente con analgésicos o antiinflamatorios que pueden afectar la función renal cuando se utilizan de forma prolongada o sin supervisión médica.
En personas con factores de riesgo —como quienes padecen diabetes o hipertensión— el control periódico de la función renal resulta especialmente importante. Sin embargo, incluso quienes se consideran sanos pueden beneficiarse de controles preventivos.
Un análisis de sangre básico y estudios simples de laboratorio permiten evaluar el funcionamiento de los riñones y detectar alteraciones tempranas. Realizar estos controles al menos una vez al año puede ser clave para identificar problemas antes de que se manifiesten síntomas.
La detección precoz es uno de los pilares para evitar complicaciones graves, como la insuficiencia renal avanzada, que puede requerir tratamientos complejos como diálisis o trasplante.
El cuidado de la salud renal no solo implica prevenir enfermedades específicas, sino también proteger el equilibrio general del organismo. Los riñones cumplen funciones esenciales para mantener el funcionamiento adecuado de múltiples sistemas, por lo que su cuidado es fundamental para preservar la calidad de vida.









