Por Redacción Curar con Opinión
En Argentina, el consumo diario de sal supera ampliamente los límites recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Mientras que el organismo sugiere no ingerir más de 5 gramos por día —equivalente a una cucharadita—, en el país el promedio alcanza los 11 gramos, más del doble de lo aconsejado. Este exceso representa una seria amenaza para la salud cardiovascular y renal de la población.
Según especialistas, una ingesta elevada de sodio está directamente relacionada con el aumento de la presión arterial, uno de los principales factores de riesgo para sufrir enfermedades cardiovasculares, como infartos y accidentes cerebrovasculares (ACV). Además, la hipertensión sostenida en el tiempo también puede dañar progresivamente los riñones, derivando en insuficiencia renal y la necesidad de tratamientos como diálisis.
“Consumimos sal incluso sin darnos cuenta, porque no solo está presente en el salero, sino también oculta en productos industrializados como panes, fiambres, snacks, sopas instantáneas y aderezos”, explicó la médica cardióloga Patricia Rosa. Por eso, reducir su presencia en la alimentación diaria es un desafío que requiere tomar conciencia y modificar hábitos de compra y preparación de alimentos.
A pesar de las campañas de concientización realizadas en los últimos años, el consumo de sodio en el país se mantiene muy por encima de los niveles saludables. La prevalencia de hipertensión arterial en adultos argentinos supera el 35%, y muchos casos no están diagnosticados, lo que aumenta los riesgos de complicaciones graves.
Desde la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC) remarcan que la reducción de sal en la dieta podría evitar miles de muertes cada año. «Bajar el consumo de sodio no solo ayuda a controlar la presión arterial, sino que también disminuye el riesgo de insuficiencia cardíaca, enfermedades renales y accidentes cerebrovasculares», señalaron.
Algunas recomendaciones básicas para reducir la ingesta de sal incluyen evitar agregar sal extra a las comidas, elegir productos bajos en sodio, priorizar alimentos frescos como frutas y verduras, y optar por condimentos naturales como hierbas, ajo, limón y especias para dar sabor sin recurrir al salero.
Además, los expertos subrayan la importancia de leer atentamente las etiquetas de los productos procesados, donde muchas veces el contenido de sodio es elevado incluso en alimentos que no necesariamente tienen sabor salado.









