Por Dr. Daniel Cassola
Lejos de esclarecerse, la causa que investiga la muerte del fiscal Nisman se torna, con el correr de los días, cada vez más oscura. Son muy pocos los interrogantes que se han podido responder al momento, y muchas las preguntas sin resolver.
También es cada vez más difícil de explicar el papel del secretario de Seguridad Sergio Berni. En primer lugar se trata del responsable directo de la custodia del fiscal, que pertenecía a la Policía Federal.
En segundo lugar, al declarar en medios periodísticos que vio a Nisman tirado en el suelo con una mancha de sangre pero no quiso tocarlo para preservar la escena genera cierta incertidumbre. Recordemos que Berni además es médico, por lo que cualquier profesional atinaría a comprobar el pulso y determinar si se puede realizar algún auxilio inmediato.
Entonces, o Berni no puede explicar su desempeño en el caso o es muy inhábil para declarar. Sería curioso que se diera la segunda opción ya que durante el último año lo hemos visto a diario discurriendo en los medios, ante casos graves y otros de no tanta importancia.
Sea cual fuere la situación, el desempeño de Berni poco contribuye al difícil momento que atraviesa el Gobierno Nacional. Probablemente sea la peor crisis política que tiene que atravesar el kirchnerismo desde 2004.
A lo largo de estos años hemos presenciado otros casos en los que el Gobierno complica su situación por sostener a rajatabla a sus integrantes. Vale recordar las disputas que generó Guillermo Moreno o los problemas legales en los que se ha visto Amado Boudou en los últimos meses.
Asimismo, el Gobierno nunca se despegó claramente de Luis D´Elía o del líder de Quebracho Fernando Esteche, y evidentemente son actitudes que hoy generan más que un dolor de cabeza.
Lo mismo podríamos pensar en el caso de Hebe de Bonafini y las denuncias por malversación de fondos en que se ha visto envuelta su fundación, cuya dirección estuvo a cargo de Sergio Schoklender.
Debe haber más casos, estos son solo algunos que rápidamente se nos vienen a la mente. El caso es que sostener hasta las últimas consecuencias a funcionarios sospechados, seguidores conflictivos o aduladores que provocan más problemas que soluciones, puede tener consecuencias muy serias para el Gobierno.
Así como cuando se produce un cortocircuito se queman los fusibles y saltan los tapones, parecería que el Gobierno debería tomar una actitud más firme para sobrellevar la tormenta judicial, política y social en la que se ha convertido el caso Nisman.










