Cada cinco minutos, una vida menos: la silenciosa epidemia cardíaca que golpea a la Argentina

En la Argentina, cada cinco minutos una persona muere a causa de enfermedades cardiovasculares. Esta impactante realidad convierte a los trastornos cardíacos en la principal causa de muerte del país.

Por Dr. Daniel Cassola

Aunque los avances tecnológicos y médicos permiten diagnósticos más precisos y tratamientos más efectivos, las cifras no han disminuido significativamente en los últimos años. Muy por el contrario, la prevalencia de enfermedades relacionadas con el corazón continúa creciendo, sostenida por hábitos de vida poco saludables, desinformación y un sistema de salud que no siempre logra dar respuesta a tiempo.

El corazón, motor vital del cuerpo humano, se encuentra cada vez más expuesto a un estilo de vida que lo deteriora. El estrés crónico, la mala alimentación, el sedentarismo, el tabaquismo y el consumo excesivo de alcohol son algunos de los factores que, día a día, ponen en riesgo la salud cardiovascular de millones de argentinos. Si bien muchas personas conocen las recomendaciones básicas para cuidar su corazón, en la práctica, la prevención queda relegada frente a la urgencia de la rutina diaria o la falta de acceso a atención médica de calidad.

La pandemia de COVID-19 dejó al descubierto y acentuó muchas de estas falencias. Durante los meses de aislamiento, se duplicó la mortalidad por infarto entre los pacientes internados. Esta estadística revela una consecuencia directa del temor a acudir a hospitales, así como también una baja en la cantidad de controles preventivos. Además, el confinamiento obligó a muchas personas a adoptar una vida más sedentaria, con un notable aumento de peso y una disminución en la actividad física. La salud del corazón fue una de las grandes víctimas silenciosas de aquel contexto.

A esto se suma un problema aún más profundo: la falta de conciencia sobre los síntomas de un evento cardiovascular agudo, como el infarto o el accidente cerebrovascular. Muchas veces, las señales de alerta no son identificadas o se subestiman, lo que retrasa la atención y reduce drásticamente las posibilidades de recuperación. Cuanto más rápido se actúe, mayores son las probabilidades de sobrevivir con buena calidad de vida, pero eso requiere información clara y accesible para todos.

En este contexto, las mujeres presentan una vulnerabilidad adicional. Aunque una de cada tres muere por enfermedades cardiovasculares, muchas siguen creyendo que el cáncer representa su mayor amenaza. Esta percepción errónea contribuye a una menor tasa de consultas preventivas y, en consecuencia, a diagnósticos más tardíos. Los trastornos cardíacos en las mujeres suelen manifestarse de forma diferente a los varones, lo que hace aún más crucial una mirada especializada y campañas que rompan con estos mitos profundamente arraigados.

No puede pasarse por alto, además, el impacto del entorno socioeconómico en la salud del corazón. Las poblaciones con menores ingresos enfrentan mayores obstáculos para acceder a una alimentación balanceada, chequeos médicos regulares y espacios seguros para hacer ejercicio. En muchas regiones del país, los centros de salud están colapsados o desprovistos de recursos básicos. La reducción de personal y presupuesto en hospitales públicos ha limitado seriamente la capacidad de respuesta ante emergencias cardíacas. Esta combinación de factores convierte a la desigualdad social en un factor de riesgo tan relevante como el colesterol elevado.

Otro componente importante es el consumo desmedido de bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados. Estudios recientes indican que el abuso de estas sustancias contribuye significativamente a las enfermedades cardiovasculares, especialmente entre jóvenes. A pesar de las advertencias, la oferta de productos poco saludables continúa siendo amplia y accesible, muchas veces más que opciones nutritivas.

Por supuesto, las soluciones no son inmediatas, pero el camino hacia una sociedad más consciente de la importancia del cuidado cardiovascular comienza por pequeñas decisiones cotidianas. Incorporar frutas y verduras a la dieta, evitar el exceso de sal, mantenerse activo al menos 30 minutos por día y abandonar el cigarrillo son hábitos que, sostenidos en el tiempo, marcan una gran diferencia. A su vez, realizar controles médicos regulares, incluso cuando no hay síntomas, es clave para detectar a tiempo condiciones como la hipertensión o la diabetes, que suelen actuar como disparadores de eventos cardíacos graves.

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