Alcohol en la adolescencia: siete de cada diez estudiantes secundarios consumen pese a la prohibición

El consumo de alcohol entre adolescentes en Argentina mantiene niveles elevados y genera preocupación entre especialistas en salud pública.

Por Dr. Daniel Cassola

Según datos oficiales de la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas (Sedronar), el 70% de los estudiantes secundarios consume bebidas alcohólicas, a pesar de que la ley prohíbe su venta y suministro a menores de 18 años.

Las cifras ubican al país en una posición destacada en el continente. Argentina es el tercer país con mayor consumo general de alcohol en América, detrás de Dominica y Estados Unidos. Sin embargo, cuando se analiza específicamente el grupo de 12 a 17 años, encabeza el ranking regional.

El fenómeno no puede entenderse de manera aislada. En la población general, la prevalencia de consumo alcanza el 87%, lo que refleja un patrón cultural ampliamente extendido. En ese contexto, la naturalización del alcohol como parte de la vida social impacta también en edades cada vez más tempranas.

Los especialistas advierten que el inicio precoz no solo aumenta el riesgo de episodios de intoxicación aguda, sino que también incrementa la probabilidad de desarrollar trastornos por consumo en la adultez. A diferencia de lo que ocurre en mayores de edad, el cerebro adolescente todavía está en proceso de maduración, lo que lo vuelve particularmente vulnerable a sustancias psicoactivas.

En los últimos años, además, se consolidó una modalidad de consumo intensivo en lapsos cortos —conocida como “binge drinking”— que implica la ingesta rápida de grandes cantidades de alcohol con el objetivo de alcanzar un estado de ebriedad en poco tiempo. Este patrón se asocia con mayor riesgo de lesiones, accidentes, conductas sexuales no protegidas y situaciones de violencia.

El toxicólogo Carlos Damín advirtió que el problema excede el marco escolar y se vincula con la falta de una estrategia integral de prevención. Según planteó, históricamente se ha destinado mayor presupuesto a la persecución del narcotráfico que a políticas de educación y asistencia en adicciones.

Damín remarcó que el cerebro humano termina de desarrollarse alrededor de los 21 o 22 años y que, durante la adolescencia, las conexiones neuronales están en plena reorganización. “Una borrachera en un chico de 15 o 16 años es especialmente dañina”, explicó, al señalar que el impacto no siempre es inmediato, pero puede tener consecuencias a largo plazo.

El especialista también alertó sobre la combinación de alcohol con psicofármacos, una práctica que potencia los efectos depresores sobre el sistema nervioso central y aumenta el riesgo de complicaciones graves. Aunque la mezcla con drogas sintéticas no es tan frecuente, cuando ocurre puede derivar en internaciones.

Desde el ámbito sanitario coinciden en que la prevención debe comenzar en el entorno familiar y escolar, con información clara sobre riesgos y límites. El desafío, señalan, no es solo hacer cumplir la prohibición legal, sino modificar patrones culturales arraigados que facilitan el acceso y la aceptación social del consumo en menores de edad.

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