El caso que hace 30 años cambió la ética médica

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El caso causó conmoción en todo el mundo y la historia fue contada en medios de todo el mundo.

Por Dr. Daniel Cassola

Hoy prácticamente todos los hospitales tienen un comité de ética. Y si no poseen uno propio seguramente tengan algún profesional en la materia como consultor o asesor. Por el avance de los tratamientos y las técnicas médicas hay prácticas que pueden entrar en conflicto con la moral o la ética.

Es frecuente leer sobre casos de pacientes que rechazan algún tratamiento específico, como por ejemplo una transfusión, por motivos religiosos. También hay situaciones complejas en las que algunos órganos del cuerpo continúan funcionando a pesar de la muerte de gran parte del cerebro. Allí se plantean dilemas sobre qué hacer en la atención de un paciente. Es complejo determinar el límite entre una buena práctica médica y lo que se denomina encarnizamiento terapéutico.

Es probable que en todo el mundo estos debates hayan cobrado fuerza tras un caso paradigmático que conmocionó a la opinión pública. Se trata del caso de Karen Quinlan, una joven estadounidense que falleció hace 30 años, luego de pasar diez años en coma.

Karen, de 21 años, vivía en Nueva Jersey junto a dos amigas. Decidió empezar una dieta estricta para poder llevar un vestido que no le entraba. En ocasión de una reunión social consumió alcohol y Valium. La combinación la volteó. Sus amigas la llevaron a su casa y la acostaron. Quince minutos más tarde se dieron cuenta que no respiraba.

La joven fue trasladada a un hospital al que ya llegó en estado de coma. Luego en una clínica llegaron al sombrío diagnóstico. Karen presentaba daño cerebral irreversible luego de no haber respirado por un período de entre 15 y 20 minutos.

A partir de ese momento su soporte vital fueron un respirador artificial y una sonda nasogástrica. Seis meses más tarde su familia llegó a la conclusión que no había nada para hacer. Pero en el hospital, por ser una mayor de edad, se negaron a desconectarla.

Luego de un año en coma, contra la posición del Vaticano que entonces se expresó, y con una medida judicial que lo avalaba, la familia consiguió la orden para desenchufar el respirador.

Contra todas las expectativas Karen continuó respirando por sus propios medios a pesar del estado vegetativo. Durante años continuó en ese estado entre la vida y la muerte. Requirió que le dejen la sonda y le administren antibióticos. Incluso se escucharon voces preocupadas por el alto costo, en la época unos 30 mil dólares por año, que demandaba para el erario municipal el sostén vital de Karen.

Finalmente, en 1985, diez años luego de entrar en estado de coma Karen falleció como consecuencia de una pulmonía. Durante el transcurso de esos años brotaron debates científicos, morales y religiosos. Como muestra de la transformación vale un dato. En 1982 solo el uno por ciento de los hospitales estadounidenses tenía comité de bioética. Ya en 1988 esa cifra había aumentado al 60 por ciento.

Pasaron 30 años y hoy todavía estos temas son materia de debate en todo el mundo.

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