Uno de cada ocho adolescentes llega a los 18 con señales de daño auditivo, advierte un estudio
A los 18 años, una proporción llamativa de adolescentes ya muestra huellas medibles de deterioro en la audición.
Por Dr. Daniel Cassola
Un nuevo estudio realizado en Países Bajos concluyó que cerca de uno de cada ocho jóvenes presenta indicios de daño asociado al ruido al final de la adolescencia. En términos concretos, los investigadores estimaron que alrededor del 13% exhibe señales compatibles con afectación auditiva por exposición sonora y que un 6% ya habría desarrollado una pérdida auditiva permanente.
La investigación analizó a más de 3.300 adolescentes holandeses evaluados a los 13 y nuevamente a los 18 años. Ese seguimiento permitió observar no solo una “foto” del problema, sino también su evolución durante un período especialmente sensible, en el que aumentan la autonomía, las actividades recreativas y el uso de dispositivos personales de audio. Los resultados sugieren que en cinco años crecen los indicadores típicos de daño por ruido, lo que refuerza la idea de que parte del deterioro se acumula en el tiempo y puede consolidarse antes de la adultez.
La médica otorrinolaringóloga Stefanie Reijers, del Erasmus University Medical Center de Róterdam, señaló que los datos subrayan la necesidad de vigilar y prevenir de forma temprana. Su advertencia apunta a que incluso cambios leves durante la adolescencia podrían tener consecuencias a largo plazo. Detrás de ese proceso está la lesión de células muy delicadas ubicadas en el oído interno, que cumplen una función central: transforman la energía del sonido en señales eléctricas que interpreta el cerebro. El problema, según describen los investigadores, es que una vez dañadas esas células no se regeneran, por lo que la pérdida auditiva puede volverse irreversible.
Un hallazgo clave del trabajo fue el aumento de las llamadas “muescas” auditivas, una disminución en la capacidad para escuchar determinadas frecuencias. Ese patrón suele asociarse a exposición a ruidos intensos y, en el estudio, se volvió más frecuente entre los 13 y los 18 años. Además, los adolescentes que ya mostraban pérdida auditiva de alta frecuencia a los 13 años tendieron a presentar un deterioro más marcado a los 18, lo que refuerza el valor de identificar señales tempranas.
Los autores vincularon este escenario con un fenómeno extendido: la exposición frecuente a niveles sonoros superiores a 85 decibelios, umbral a partir del cual puede producirse pérdida temporal o permanente. En la vida cotidiana de muchos jóvenes, esas cifras no son excepcionales. La música a través de auriculares o altavoces suele reproducirse alrededor de 100 decibelios y puede alcanzar picos cercanos a 115. Los conciertos en vivo pueden ubicarse en un rango amplio, entre 90 y 122 decibelios. Y fuera del ámbito musical también hay fuentes potentes: fuegos artificiales, motocicletas y sirenas pueden generar niveles que van aproximadamente de 95 hasta 150 decibelios.
En ese contexto, el estudio remarca que los adolescentes figuran entre los grupos con mayor exposición al ruido recreativo a nivel global. El riesgo no depende de un único episodio, sino del efecto acumulativo de prácticas repetidas: sesiones largas con volumen elevado, asistencia a eventos ruidosos sin protección y contacto recurrente con entornos de alta intensidad sonora. Esa suma, sostienen los investigadores, incrementa la probabilidad de padecer pérdida auditiva inducida por ruido.
Las consecuencias potenciales van más allá de “escuchar peor”. Incluso un deterioro leve puede interferir en la comunicación, dificultar la interacción social, impactar en el rendimiento académico y acelerar, con el tiempo, la probabilidad de pérdida auditiva relacionada con la edad. Por eso, los autores plantean que detectar a tiempo a los adolescentes en riesgo y controlar su audición de manera periódica podría ayudar a identificar problemas antes de que se agraven.
