En las últimas semanas, dos noticias han puesto en evidencia una problemática que atraviesa a miles de adolescentes en Argentina: la violencia en el ámbito escolar y el aumento de trastornos de salud mental como la depresión y la ansiedad.
Por Dr. Daniel Cassola
Aunque muchas veces son tratadas como fenómenos separados, ambas situaciones se entrelazan y responden a una misma raíz: el malestar emocional y social que afecta a los jóvenes. En los últimos días se han producido noticias sobre una serie de hechos preocupantes ocurridos en distintos puntos del país: peleas físicas entre estudiantes, amenazas, incluso la presencia de armas blancas dentro de las instituciones. En solo dos días, se registraron episodios en Buenos Aires, Tucumán, Santiago del Estero y Mendoza. Los protagonistas son adolescentes y preadolescentes, algunos de tan solo 12 años.
Los docentes, directivos y familias están en alerta. Desde la Confederación de Trabajadores de la Educación (CTERA) señalan que este tipo de situaciones no son nuevas, pero sí se han intensificado. Lo que antes se resolvía con una charla o una advertencia, hoy escala en violencia física o amenazas graves. Y los motivos, si bien variados, suelen estar vinculados a conflictos personales, bullying, falta de contención o problemas familiares.
La violencia no es un fenómeno aislado: es el síntoma visible de un problema más profundo. En particular, las consultas por ansiedad y depresión en adolescentes aumentaron exponencialmente desde la pandemia y se han mantenido en niveles elevados. Los especialistas advierten que cada vez llegan a los consultorios chicos más chicos, con cuadros más graves y dificultades para expresar lo que sienten.
El encierro, la interrupción de la escolaridad, la sobreexposición a pantallas y redes sociales, y la incertidumbre generalizada fueron factores detonantes. Pero más allá del contexto pandémico, hay algo estructural: una generación marcada por la presión constante, la exigencia de rendimiento, la hiperconectividad y, paradójicamente, una profunda sensación de soledad.
Los síntomas que más se repiten son la apatía, la irritabilidad, los cambios de humor, el aislamiento y la pérdida de interés por actividades que antes resultaban placenteras. En muchos casos, también aparecen conductas autolesivas, ideación suicida o abuso de sustancias.
Lo que se vive en las escuelas no puede entenderse sin tener en cuenta el estado emocional de los alumnos. La violencia, en muchos casos, es una forma de canalizar una angustia que no encuentra otra vía de expresión. Peleas que estallan por motivos mínimos pueden esconder sentimientos de abandono, frustración o desesperanza. A la inversa, los adolescentes que padecen acoso escolar suelen ser los más vulnerables a desarrollar cuadros depresivos o de ansiedad.
Según psicólogos y psiquiatras, la salud mental de los adolescentes está directamente relacionada con su entorno escolar y familiar. La falta de espacios seguros donde expresar emociones, la escasa educación emocional y la sobrecarga de estímulos generan un caldo de cultivo que favorece tanto la violencia como el malestar interno.
Frente a este panorama, la escuela debe dejar de ser solo un lugar de instrucción académica para convertirse en un espacio de contención emocional. Los expertos coinciden en que es fundamental implementar programas de educación socioemocional, formación docente en salud mental y equipos interdisciplinarios que puedan intervenir de forma temprana.
Además, el vínculo con las familias es esencial. Muchos padres desconocen los síntomas de alerta o subestiman lo que sus hijos atraviesan. La escucha activa, la atención a los cambios de conducta y el acompañamiento sin juicio son herramientas clave para prevenir situaciones graves.
También es urgente que el Estado invierta en salud mental infantojuvenil, garantizando el acceso a atención profesional gratuita y oportuna. Hoy, muchos chicos deben esperar meses para conseguir un turno con un psicólogo o psiquiatra, y esa demora puede ser determinante.
Vincular la crisis de salud mental con la violencia escolar no solo permite entender mejor el fenómeno, sino también abordarlo de manera integral. No hay soluciones mágicas, pero sí un punto de partida claro: empezar a mirar a los jóvenes con empatía, compromiso y responsabilidad.









