La ley de la jungla
Por Dr. Daniel Cassola
La semana pasada hablamos de la violencia en los hospitales públicos y dijimos que los límites parecen correrse cada vez un poco más. Por estos días vemos confirmada esta afirmación. Además de las noticias habituales sobre robos y asesinatos, encontramos otras que nos hablan de ciertos lugares en los que parece estar ausente tanto el Estado como la ley. O, mejor dicho, donde parece estar vigente la ley de la jungla.
El primer hecho que les comentamos sucedió en Rosario. Una madre caminaba con su hija de dos años en brazos cuando fue sorprendida por dos hombres que circulaban en moto. Uno de ellos, David Moreyra de 18 años, intentó robarle la cartera. La mujer se resistió y comenzó a gritar, lo que suscitó la alarma entre los vecinos de la zona.
El cómplice de Moreyra huyó con la moto, dejando a este solo frente a los vecinos enardecidos. Moreyra recibió tal paliza que finalmente ayer murió en un hospital público de Rosario, luego de sufrir traumatismo de cráneo con pérdida de masa encefálica. Según declararon algunos vecinos, la policía llegó al lugar del hecho cuando el joven ya se encontraba tirado en el piso y en grave estado.
El segundo hecho ocurrió en Brandsen, localidad ubicada en la provincia de Buenos Aires a 85 kilómetros de Capital Federal. Allí encontraron a un hombre de 55 años asesinado en su propia casa. Se presume que alguien entró al domicilio para robar, y al encontrarse a esta persona lo mató a hachazos.
No es propio de una sociedad civilizada que se intente asaltar a nadie, pero menos a una madre que lleva a una niña de dos años. Luego, la reacción de los vecinos rosarinos recuerda a momentos previos a la creación de la justicia como institución. Cuando se le cortaba las manos a los ladrones por lo menos era un juez, por más primitivo que sea, el que decidía el castigo. Por último, que un hombre mate a otro a hachazos en su propia casa es un acto que no merece mayores comentarios.
Durante años se habló de sensación de inseguridad. La sensación que sí parece estar presente es que en cualquier momento, y por cualquier motivo, pueden ocurrir actos de violencia muy graves. Todos estamos adentro del bolillero. A cualquiera le puede tocar.
Hay noticias que se volvieron comunes. Ante un asesinato, con o sin implicancia de la policía, los vecinos queman y apedrean la comisaría. Ya lo escuchamos muchas veces. La o lo mataron para robarle el celular, la cartera o la moto. También lo escuchamos a menudo.
Si comenzamos a escuchar con frecuencia que grupos de vecinos ajustician por mano propia a ladrones, o que asesinan a alguien a hachazos en su propia casa, una vez más, habremos traspasado el límite.
