Por Redacción Curar con Opinión
Los chips informáticos dejaron de ser un recurso de ciencia ficción para convertirse en una herramienta concreta de la medicina moderna. Implantes desarrollados para integrar tecnología avanzada al cuerpo humano ya permiten recuperar funciones tan complejas como la visión o, en un futuro cercano, el habla, abriendo un escenario inédito para pacientes con enfermedades neurológicas o degenerativas.
Uno de los casos emblemáticos es el de Alice Charton, una mujer de 87 años con degeneración macular asociada a la edad (DMAE), una patología que destruye lentamente la visión central y aguda y dificulta la lectura y la percepción de detalles finos. Después de perder la capacidad de leer, actividad a la que había dedicado su vida como docente, se sometió a un procedimiento experimental con un chip retiniano y hoy vuelve a hacerlo dos veces al día. “Literalmente me cambió la vida”, contó a la revista Time.
El dispositivo utilizado, denominado PRIMA, fue desarrollado por la empresa de neurociencia Science Corp., dirigida por el ingeniero biomédico Max Hodak. El sistema consiste en un implante fotovoltaico subretiniano de apenas dos milímetros por dos milímetros y treinta micrómetros de espesor, dotado con unos cuatrocientos electrodos. El chip se coloca en la zona de la retina dañada por la DMAE y se combina con unas gafas especiales que captan imágenes del entorno y las proyectan en forma de luz infrarroja sobre el implante. Este actúa como un minipanel solar, transforma la señal en estímulos eléctricos y los transmite al nervio óptico y al cerebro, restaurando una visión funcional sin interferir con la visión periférica residual.
Los resultados del ensayo clínico, publicados en el New England Journal of Medicine, incluyeron a treinta y ocho pacientes europeos. Tras la intervención, casi el ochenta por ciento mejoró su rendimiento en las pruebas de agudeza visual y el ochenta y cuatro por ciento pudo leer letras, números y palabras en su hogar. Para el oftalmólogo Frank Holz, autor principal del estudio, el implante supone un cambio de paradigma frente a las terapias tradicionales, que solo intentan ralentizar el avance de la enfermedad. En este caso, se apunta directamente a restaurar la visión perdida en pacientes con atrofia geográfica, una de las principales causas de ceguera en el mundo.
El potencial va más allá de la oftalmología. El sector de las interfaces cerebro–computadora abarca cientos de empresas y un mercado en rápida expansión, con desarrollos que buscan devolver comunicación y autonomía a personas con ELA, parálisis o secuelas de accidentes cerebrovasculares. Science Corp. explora implantes cerebrales capaces de traducir pensamientos en palabras o controlar dispositivos solo con la mente, mediante un modelo biohíbrido en el que el chip se integra en el tejido cerebral a través de células madre que forman conexiones funcionales con las neuronas.









