Epidemias: virus, cada vez más fuertes y contagiosos

En promedio se reporta una nueva enfermedad cada 18 meses y una especie de bacteria cada semana. Su expansión se relaciona con el aumento en la cantidad de viajes entre países, el calentamiento global y el mal uso de antibióticos. La amenaza de las superbacterias.

“Epidemia de epidemias”. Todo parece indicar que el signo de esta época en materia de salud está marcado por enfermedades infecciosas que se transmiten más rápido y surgen con mayor velocidad que en cualquier otro momento de la historia. Una enumeración alcanza para determinarlo: síndrome respiratorio agudo grave; gripe aviar; chikungunya; dengue y zika, por mencionar solo algunas. A las que hay que sumar recientes brotes como el del ébola, cuya última epidemia –originada en Africa en 2014 y finalizada en enero de 2016– ha sido la más virulenta de la historia y ha provocado más de 11.000 muertes.

Desde del Centro Médico de Tel Aviv, en Israel, el especialista en microbiología y enfermedades infecciosas, Stephen Berger, resume a Clarín el panorama actual: “Hay 354 enfermedades infecciosas genéricas en el mundo (225 de ellas ocurren en Argentina). En promedio se reporta una nueva enfermedad cada 18 meses; y se describe una especie nueva de bacteria en los seres humanos cada semana”.

La advertencia ya la había dado la Organización Mundial de la Salud (OMS) que, en 2007, contabilizó 40 enfermedades nuevas en el plazo de una generación y más de 1.100 epidemias de 2002 a 2007.

Dos años antes, el doctor Anthony Fauci –director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas– anticipó que “la disciplina de las enfermedades infecciosas tendrá que asumir un mayor protagonismo en el siglo XXI tanto en las naciones desarrolladas como en las que están en desarrollo”.

La modernidad es en parte responsable de que este proceso se haya vuelto previsible y casi irremediable.

“Muchas de las causas de estas enfermedades están relacionadas con los viajes aéreos; con invasiones humanas a nuevas áreas; con el calentamiento global; los cambios en la cultura de la alimentación; los movimientos migratorios; las guerras; la superpoblación; las hambrunas; políticas de vacunación; mal uso de antibióticos y muchos otros factores”, explica Berger.

Unas vacaciones, entonces, se pueden transformar en las culpables de la expansión de una enfermedad, y si estos viajes se multiplican, las probabilidades de que las epidemias se sucedan, crecen. Si se tiene en cuenta lo que señalan las estadísticas –que 2015 fue un año récord para el turismo, en el que 1.200 millones de personas realizaron viajes internacionales– las posibilidades de expansión de infecciones son incalculables.

Pero el problema con los microbios nocivos no es únicamente que “viajan en avión” y se difunden rápidamente, sino que, además, cambian de forma con extraordinaria velocidad.
David M. Morens es uno de los epidemiólogos más importantes del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, de Estados Unidos. Para explicar el fenónemo usa el ejemplo de una de las enfermedades más comunes del mundo: la gripe.

“Muchos virus mutan constantemente y tenemos que decidir si los denominamos como nuevas enfermedades o no. La gripe es un buen ejemplo. Cada uno a tres años el virus muta tanto que el sistema inmune ya no puede protegernos. Desde el punto de vista de la infección, es una nueva enfermedad, y por eso necesitamos una vacuna nueva para la gripe cada año, hecha de los últimos virus circulantes”, explica a Clarín desde su oficina en Maryland.

La gripe ayuda a graficar lo que sucede con otros microorganismos (virus y, especialmente, bacterias): tienen una alta capacidad de realizar mutaciones (cambios en la estructura o expresión de los genes). Esto es algo que se produce de forma natural, pero –aunque parezca paradójico– el efecto se multiplica por el uso (y abuso) de medicamentos. Una vacuna o una nueva droga pueden matar un microorganismo causante de una enfermedad, pero no logran extinguir todas las variantes de ese virus o bacteria. De forma que la bacteria que queda es capaz de resistir la medicación. Esto es inevitable. Pero ese proceso de selección se acelera cuando se administran medicamentos de forma descuidada. Así es como surgen lo que se conoce comúnmente como “superbacterias”.

El panorama se vuelve más complejo porque a las enfermedades nuevas se agrega –resistencia antimicrobiana mediante– la resurgencia de enfermedades controladas (o incluso virtualmente erradicadas) de buena parte del planeta.

La tuberculosis sirve como caso testigo. Conocida en los humanos hace al menos 6.000 años, aún hoy provoca casi 1,5 millones de muertes al año. Según datos de la OMS, 3,6% de los casos nuevos en el mundo y 20% de los casos con registro previo de la enfermedad, se deben a la tuberculosis resistente a multidrogas (MDR-TB, por sus siglas en inglés).
Londres, penosamente llamada la “capital de la TB de Europa Occidental”, registró 681 de estos casos en 2012. La mortalidad para este tipo de tuberculosis es muy alta: es de alrededor del 50%.

Otro ejemplo que reclama atención es el de la poliomielitis. Mediante una campaña global iniciada en 1988 la enfermedad ha desaparecido del planeta en un 99,9%. No obstante, a comienzos de este siglo se encontraron casos con poliomielitis cuyo origen eran “poliovirus circulantes de origen vacunal”.

La vacuna contra la poliomielitis –la famosa Sabin, que se administra de forma oral– contiene el virus en forma atenuada, que se excreta en las heces. En zonas insalubres, el virus puede mutar genéticamente, sobrevivir luego de ser excretado y propagarse en la población, provocando la enfermedad. Los casos, hasta la fecha, son ínfimos en comparación con la protección que ofrece la vacuna, pero es una muestra más de la persistencia de los virus en la perpetua lucha de la humanidad por vencerlos. Una batalla en la que todavía no se puede cantar “victoria”, y menos aún bajar la guardia.

Fuente: Clarín

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