Cada 28 de julio se conmemora el Día Mundial de la Hepatitis, una jornada dedicada a visibilizar uno de los problemas sanitarios más letales y menos reconocidos a nivel global. Esta fecha, promovida internacionalmente, busca movilizar la acción frente a una enfermedad que afecta al hígado y que, sin un diagnóstico y tratamiento oportunos, puede desembocar en condiciones críticas como la cirrosis o el cáncer hepático.
Por Dr. Daniel Cassola
La hepatitis viral es una inflamación del hígado que puede ser provocada por diferentes virus, identificados como A, B, C, D y E. Si bien todos ellos provocan daño hepático, difieren en su modo de transmisión, severidad y capacidad de generar enfermedades crónicas. Algunas variantes, como la hepatitis A y E, se propagan principalmente a través de agua o alimentos contaminados, mientras que las hepatitis B, C y D se transmiten mediante fluidos corporales o por vía sanguínea. La B y la C, en particular, son las responsables de más del 95% de las muertes asociadas con hepatitis viral, con cifras que superan el millón de fallecimientos anuales en todo el mundo.
Lo más preocupante es que muchas de estas muertes son evitables. Existen vacunas eficaces para los tipos A y B, y tratamientos curativos para la hepatitis C que han demostrado ser altamente exitosos. Aun así, se estima que en América Latina unos 10 millones de personas viven con hepatitis B o C crónica, muchas de ellas sin saberlo, lo que contribuye a la propagación silenciosa del virus. El diagnóstico precoz y el acceso a tratamientos adecuados son fundamentales para evitar complicaciones mayores y salvar vidas.
Este año, el lema “Hepatitis: conozcámosla para combatirla” enfatiza la importancia del conocimiento como herramienta clave para la prevención y el control de esta enfermedad. Superar las barreras económicas, sociales y culturales, así como el estigma que todavía rodea a las personas afectadas, es una tarea urgente si se quiere avanzar hacia la eliminación de la hepatitis viral como amenaza para la salud pública.
Los expertos señalan que la hepatitis no siempre deja secuelas irreversibles. Incluso en fases avanzadas como la cirrosis compensada, es posible revertir parte del daño si se logra eliminar el virus y se controla adecuadamente la enfermedad. Sin embargo, si no se actúa a tiempo, el riesgo de requerir un trasplante hepático aumenta significativamente.
La lucha contra la hepatitis requiere un enfoque integral: chequeos médicos regulares, campañas de educación, políticas públicas sólidas y la voluntad de derribar los obstáculos que impiden el acceso a la salud. Solo así se podrá evitar que esta crisis silenciosa se convierta, como advierten las proyecciones, en una de las principales causas de muerte en el mundo para el año 2040, superando incluso a enfermedades como la malaria, la tuberculosis y el VIH/sida combinados.









