Por Dr. Daniel Cassola
Desde los tiempos de la modernidad hasta hoy la ciencia ha dado pasos agigantados, como nunca antes en la historia del hombre. El descubrimiento de la vida microscópica es sin dudas uno de los avances más importante al considerar la salud del ser humano. Luego vinieron los antibióticos que salvaron, y salvan, millones de vidas.
A pesar de las demostraciones científicas y los resultados debidamente comprobados hay una suerte de moda “anti ciencia”. En reiteradas oportunidades hemos comentado los peligros de los movimientos anti vacunas, que tienen un número no menor de seguidores principalmente en Europa y Estados Unidos.
A ellos se atribuyen brotes recientes de sarampión y otras enfermedades. Al no vacunar a sus hijos los “rebeldes” ponen en riesgo no solo la salud de su familia sino la de todo su entorno social.
La última variante, sobre la que leemos en medios extranjeros, es la del consumo de “agua cruda”, al parecer una tendencia en el Sillicon Valley de California, sede de las empresas más avanzadas del planeta en cuanto a tecnología.
El método es sumamente primitivo y consiste en la recolección del agua de lluvia para beber y para otros usos cotidianos. Se basa en débiles creencias sobre los problemas que puede generar el agua potabilizada. Hay quienes sostienen que los agregados al agua son perjudiciales para la salud humana mientras que otros arguyen que se le “quita”, al procesarla, elementos que mejoran el bienestar. Todo, obviamente, es infundado.
Pero el negocio funciona. Una empresa ya facturó varios millones de dólares vendiendo dispositivos para recolectar el agua del techo de los hogares. Además el “agua cruda” se vende en festivales, como es de esperar, a un precio mayor que el agua común.
Los riesgos para la salud del agua sin tratar son evidentes. También hay quienes consumen “leche cruda”, esto es leche sin pasteurizar, sin tratar. Con estas mentalidades la mortalidad infantil nunca habría bajado tanto como lo hizo en la segunda mitad del siglo pasado, tendencia que continúa.
Quizás la mejor frase la brindó uno de los tanto médicos norteamericanos consultados por los medios de allí sobre esta problemática. Dijo el hombre, de nombre Bill Marler: “No podemos evitar que los adultos hagan estupideces pero por lo menos debemos intentarlo”.









