La presencia de microplásticos en el cuerpo humano dejó de ser una hipótesis para convertirse en una preocupación concreta para la salud pública. Frente a este escenario, Estados Unidos lanzó un programa sin precedentes que busca no solo comprender el impacto de estas partículas, sino también desarrollar tecnologías para eliminarlas del organismo.
Por Dr. Daniel Cassola
El proyecto, denominado STOMP (Systematic Targeting Of MicroPlastics), es impulsado por la agencia ARPA-H, dependiente del Departamento de Salud y Servicios Humanos, y cuenta con una inversión de 144 millones de dólares. Se trata de una de las iniciativas más ambiciosas a nivel global para abordar un problema emergente que combina desafíos ambientales, científicos y sanitarios.
Los microplásticos son fragmentos diminutos provenientes de envases, textiles sintéticos y contaminantes ambientales. En los últimos años, diversos estudios han confirmado su presencia en órganos humanos como pulmones, arterias e incluso el cerebro. Sin embargo, aún no existe consenso científico sobre sus efectos en la salud ni herramientas estandarizadas para medir su impacto.
Desde ARPA-H reconocen que este es uno de los principales obstáculos. “No se puede combatir lo que no se puede medir”, es la premisa que guía el programa. Actualmente, la falta de métodos fiables para cuantificar la carga de microplásticos en el organismo genera resultados inconsistentes entre estudios y limita el desarrollo de estrategias clínicas.
Para enfrentar este desafío, STOMP se desarrollará en dos fases. La primera estará orientada a la medición y comprensión del fenómeno. Los equipos de investigación trabajarán en el diseño de herramientas capaces de detectar estas partículas con precisión y en la elaboración de un “mapa” de su distribución en el cuerpo humano. Uno de los objetivos centrales es crear una prueba clínica que permita conocer la carga individual de microplásticos en cada persona.
En paralelo, se buscará entender cómo ingresan estas partículas al organismo, cómo se distribuyen y qué efectos biológicos pueden generar. En esta etapa, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) participarán como validadores independientes, con el fin de garantizar la confiabilidad de los resultados.
Otro componente clave será la creación de un sistema de clasificación de riesgos. No todos los microplásticos tienen el mismo potencial de daño: su tamaño, composición química y origen influyen en su impacto. Identificar cuáles son más peligrosos permitirá orientar futuras políticas públicas y estrategias sanitarias.
La segunda fase del programa apunta a un objetivo aún más innovador: la eliminación de microplásticos del cuerpo humano. Una vez comprendido su comportamiento, los investigadores buscarán desarrollar soluciones seguras para removerlos, mediante enfoques como la biología farmacéutica o la biorremediación aplicada al organismo.
Los responsables del proyecto admiten que resulta imposible evitar completamente la exposición a los plásticos, dada su omnipresencia en la vida cotidiana. Por eso, el enfoque se centra en comprender el problema para poder intervenir de manera efectiva.
El objetivo final es que las herramientas desarrolladas sean accesibles, rápidas y aplicables a gran escala. Esto permitiría integrarlas a los sistemas de salud y beneficiar especialmente a poblaciones vulnerables, como niños, embarazadas o personas expuestas a altos niveles de contaminación.









