TCA: la emergencia silenciosa con mayor mortalidad en salud mental

Por Redacción Curar con Opinión

Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) se consolidan como una de las crisis más urgentes y menos visibles de la salud mental en Argentina. La evidencia científica es clara: la anorexia nerviosa encabeza las tasas de mortalidad psiquiátrica, impulsada tanto por complicaciones orgánicas severas como por riesgo suicida. Su gravedad aumenta cuando el diagnóstico se retrasa y las conductas restrictivas o purgativas se instalan durante meses, un escenario frecuente en el país, donde muchos pacientes llegan a la consulta en condiciones críticas. Bradicardia, deshidratación, arritmias asociadas a purgas, hipotensión marcada y pérdida significativa de masa muscular son algunos de los signos que obligan a internaciones de urgencia.

El doctor Rolando Salinas, jefe de Salud Mental del Hospital Alemán, advierte que la bulimia nerviosa también implica un riesgo vital considerable, aunque su impacto físico pueda resultar menos evidente. Estudios de seguimiento prolongado muestran que los episodios de atracones combinados con vómitos autoinducidos, abuso de laxantes y comorbilidades psiquiátricas pueden desencadenar desequilibrios hidroelectrolíticos severos, complicaciones cardíacas y mortalidad acumulada a lo largo del tiempo. El trastorno por atracón y otras presentaciones atípicas o incompletas también conllevan daño clínico y deterioro emocional profundo, una señal de que los TCA conforman un espectro complejo que exige intervenciones diferenciadas.

En Argentina, sociedades científicas como la SAP y la SAGIJ alertan sobre un crecimiento sostenido de diagnósticos en adolescentes y jóvenes, especialmente en cuadros restrictivos. A esto se suma una demora preocupante en la búsqueda de ayuda, que en algunos casos supera el año desde la aparición de los primeros síntomas. El incremento de internaciones médicas refleja que muchas familias llegan al sistema de salud cuando el riesgo vital ya es evidente.

Los especialistas coinciden en que reducir la mortalidad depende de tres pilares esenciales: la detección temprana, que evita un deterioro metabólico, cardíaco y psiquiátrico difícil de revertir; el tratamiento interdisciplinario sostenido, que debe prolongarse incluso cuando se recupera la estabilidad física; y la existencia de centros especializados capaces de manejar casos graves, incluidos los riesgos asociados al suicidio y a la realimentación.

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