Cada vez hay más casos de violencia en las guardias de los hospitales

Por Dr. Daniel Cassola

Para quienes trabajan en las guardias de los hospitales de la Ciudad y la provincia de Buenos Aires las posibilidades de completar un año laboral sin verse envueltos en algún episodio de violencia o inseguridad se reduce a cero.

Según un relevamiento efectuado por la ONG Defendamos Buenos Aires en el año pasado, 2016, se registraron 684 episodios, de los cuales 333 se dieron en capital y 351 en provincia. Es prácticamente un hecho de violencia por día en cada distrito.

Sin embargo, lejos de mejora, el problema recrudece. Para 2017 los números de la investigación marcan 406 hechos de violencia en guardias para los primeros seis meses del año, a razón de 205 en provincia y 201 en capital. En comparación con el año pasado se trata de un aumento que ronda el 25 por ciento de los casos.

Al parecer poco importa que la Legislatura porteña haya sancionado una ley para agravar las penas a quienes agredan a trabajadores de la salud y la educación.

El problema es reconocido, según informa un diario porteño, por Alberto Mackin Vadell, presidente de la Asociación Argentina de Ortopedia y Traumatología, quien reconoció que reciben denuncias constantemente por las agresiones que sufren los profesionales que su asociación representa.

“Las guardias perdieron a los policías que las custodiaban”, reveló el médico, que aportó un dato para entender por qué es tan frecuente que se desencadenen episodios de violencia contra los trabajadores de la salud.

La violencia en los hospitales es una denuncia que vienen sosteniendo desde hace años todos los gremios que representan profesionales y no profesionales de la salud, a pesar de sus diferencias.

¿Por qué no se trata de un tema que logre captar la atención de la política? Es duro decirlo, pero por suerte no se ha registrado ningún profesional o no profesional de la salud muerto en estos episodios.

Ese es el límite que parecería que hay que traspasar para que los temas se consideren. Los trenes no se renovaron hasta que no ocurrió la tragedia de Once, las inspecciones de los boliches nocturnos de la Ciudad eran muy débiles hasta que ocurrió la tragedia de Cromagnon. Los ejemplos abundan. La colimba, el Servicio Militar Obligatorio, no fue abolido hasta la muerte del soldado Carrasco.

No es un precio que se deba pagar para atender a los problemas de la sociedad. Ojalá que la salud nunca tenga nada parecido a esas tragedias. Pero la sensación es que se está jugando con fuego.

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