Cuando la economía no funciona los que más sufren son los niños

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Por Dr. Daniel Cassola

Si hacemos un pequeño ejercicio de historia reciente nos vamos a encontrar con dos episodios de impacto para la economía argentina. En primer lugar no estuvimos exentos de la crisis internacional que golpeó a prácticamente todo el mundo en 2008-2009. En segundo lugar, y en parte quizás como consecuencia de esa crisis y otros factores  internos, el país todavía atraviesa un período de contracción o recesión iniciado dentro del período 2012-2014.

La manifestación más palpable de semejantes eventos son la progresiva inflación, un estancamiento notorio de la inversión y por lo tanto una caída en la creación de empleo. En este contexto, trazado a grandes rasgos, quienes más sufren los avatares económicos son los más pequeños.

Así lo establece el más reciente estudio publicado por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina. Ante las dificultades económicas, dice el informe, las políticas de transferencia de ingreso como por ejemplo la Asignación Universal por Hijo (AUH), fueron un pilar importante para la sobrevivencia de los hogares más pobres, que por otro lado es donde hay mayor concentración de niños y adolescentes.

Ante la crisis el hogar de menos recursos es el que, primeramente, se ve amenazado. Y junto con él, sufren los más jóvenes porque, según sostiene la UCA, “se ven afectadas las estructuras de oportunidad”.

¿Cómo se traduce esto? Cuando hay crisis económicas los estados tienden a invertir menos en educación, infraestructura, salud, y por lo tanto, se resiente el cumplimiento de los derechos básicos para quienes no pueden adquirir estos servicios por fueras del paraguas público.

El enfoque que actualmente propone la UCA es el de la pobreza multidimensional. O sea, se trata de un fenómeno complejo, compuesto por diferentes tramas. No se puede identificar fácilmente, durante un período acotado, como influyen los vaivenes en el desarrollo de una persona. La pobreza es concebida como un problema de múltiples fenómenos que se concatenan. Un hogar no alcanza a cubrir sus necesidades básicas, en paralelo se dificulta el acceso a la educación y además, mientras tanto, el niño tiene obstáculos para desarrollarse cognitivamente. Es una simplificación extrema, pero vale para que se entienda el planteo.

Por ello la propuesta es una mayor protección, que abarque tanto los primeros mil días de vidas como los seis mil posteriores, o sea que la contención se de hasta la plena formación de la persona, pasados los 15 años de edad.

En este sentido hay mucho por hacer. Como muestra sobra un botón: desde 2005 que no se nombra al Defensor del Niño, una figura contemplada por la ley. En conclusión, los planes sociales sirven como un salvavidas en la tormenta, pero hace falta un trabajo más profundo para cortar los mecanismos de reproducción de la pobreza.

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