El infarto es la principal causa de muerte en Argentina: por qué cada minuto cuenta y cómo las redes de atención pueden salvar más vidas

Las enfermedades cardiovasculares continúan siendo la principal causa de muerte en Argentina y, dentro de ellas, el infarto agudo de miocardio representa una de las emergencias médicas más graves. Aunque la medicina dispone de tratamientos altamente efectivos para reducir la mortalidad y las secuelas, miles de pacientes siguen llegando tarde a recibir atención o no acceden al tratamiento adecuado en el tiempo indicado.

Por Dr. Daniel Cassola

Frente a este escenario, especialistas de la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC) advierten que mejorar la respuesta de la población es tan importante como fortalecer la organización del sistema sanitario mediante redes provinciales de atención del infarto.

Las cifras oficiales muestran la magnitud del problema. Según la Dirección de Estadísticas e Información en Salud (DEIS), durante 2024 las enfermedades del sistema circulatorio provocaron 105.130 muertes, lo que representa el 30,3% de todos los fallecimientos por causas definidas en el país. En otras palabras, casi una de cada tres muertes estuvo relacionada con enfermedades cardiovasculares, una cifra superior a la de las enfermedades respiratorias y a la del conjunto de todos los cánceres.

Dentro de este grupo, el infarto agudo de miocardio con elevación del segmento ST constituye una verdadera urgencia. Se produce cuando una arteria coronaria se obstruye completamente e impide el paso de sangre al músculo cardíaco. A medida que pasan los minutos, aumenta la cantidad de tejido que deja de recibir oxígeno y se incrementa el riesgo de insuficiencia cardíaca, arritmias graves e incluso muerte.

Por ese motivo, los cardiólogos insisten en una idea que resume toda la estrategia terapéutica: «el tiempo es corazón». Cuanto antes se logra restablecer la circulación mediante una angioplastia o un tratamiento de reperfusión, mayores son las probabilidades de supervivencia y menores las secuelas permanentes.

Sin embargo, uno de los principales obstáculos continúa siendo la demora para consultar. Muchas personas interpretan el dolor de pecho como una molestia pasajera, esperan que desaparezca espontáneamente o intentan trasladarse por sus propios medios a un hospital. Esa pérdida de tiempo reduce las posibilidades de éxito del tratamiento.

Los especialistas explican que el síntoma más frecuente es un dolor intenso u opresión en el centro del pecho que puede irradiarse hacia los brazos, los hombros, el cuello, la mandíbula o la espalda y que suele persistir más de diez minutos. También pueden aparecer falta de aire, sudoración fría, náuseas, mareos, palidez o un profundo malestar general.

En las mujeres y los adultos mayores, las manifestaciones pueden ser menos típicas. Algunas pacientes consultan por dolor en la boca del estómago, sensación de acidez, cansancio extremo, dificultad respiratoria o náuseas, mientras que en las personas mayores pueden predominar la confusión, la pérdida repentina de autonomía o un deterioro general sin el clásico dolor torácico.

Ante cualquiera de estos síntomas, la recomendación es activar inmediatamente el sistema de emergencias. Permanecer en reposo mientras llega la ambulancia y evitar conducir o trasladarse por cuenta propia puede marcar la diferencia. Durante un infarto pueden producirse arritmias o pérdidas de conocimiento que convierten el traslado particular en una situación de alto riesgo.

Una vez que interviene el sistema de emergencias comienza otra etapa decisiva. Los equipos médicos realizan una evaluación clínica, controlan los signos vitales y efectúan un electrocardiograma que permite confirmar rápidamente el diagnóstico. Esa información determina el tratamiento más adecuado y el centro asistencial al que debe derivarse el paciente.

Pero la rapidez de esa respuesta no depende únicamente de la actuación individual. También requiere que exista un sistema sanitario organizado para coordinar ambulancias, hospitales y centros especializados.

Las consecuencias no terminan en la fase aguda. Cuando la arteria permanece obstruida durante demasiado tiempo, cerca del 40% de los pacientes desarrolla insuficiencia cardíaca posteriormente, una enfermedad crónica que deteriora la calidad de vida, incrementa la mortalidad y multiplica los costos para el sistema sanitario.

Para los cardiólogos, reducir el impacto del infarto requiere actuar en dos frentes simultáneamente: mejorar el conocimiento de la población para que reconozca rápidamente los síntomas y consulte sin demoras, y fortalecer redes provinciales capaces de garantizar una atención rápida, coordinada y basada en protocolos. La combinación de ambas estrategias puede traducirse en menos muertes, menos discapacidad y una mejor calidad de vida para miles de argentinos que cada año sufren un infarto.

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